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sábado, 15 de mayo de 2010

El Papa en Portugal. Segunda clave: el cristianismo interlocutor válido también hoy

Si la primera clave o línea de fuerza del discurso papal en su visita a Portugal era la centralidad de Dios, o, dicho de otra manera, la convicción de que la relación del hombre con Dios es algo constitutivo del ser humano, la segunda, de la que me voy a ocupar en este post, es la urgencia de recordar a los creyentes cristianos y a cuantos quieran escucharlo, que pertenecemos y estamos inmersos en una tradición bimilenaria que se remite a Cristo como su fuente.
Ahora bien, nada sería más contrario a una verdadera comprensión de esta tradición que considerar a ese Cristo-fuente como una realidad del pasado. No. La convicción más genuina de la fe cristiana es que esa fuente originaria está viva, presente y activa en nuestra historia de hoy.
En lenguaje coloquial, esta convicción lleva consigo una rotunda negativa a aceptar que el cristianismo sea una antigualla, una pieza de museo, amortizado definitivamente en su capacidad de hablar al mundo moderno y postmoderno.
En efecto, en lo que podríamos llamar el "mercado común de las ideas", el papa Ratzinger está convencido, lo dice y lo argumenta, de que el cristianismo puede ocupar un puesto en pie de igualdad con todas aquellas instancias de pensamiento y praxis que se ofrecen como portadoras de sentido.
La consecuencia sociológica es obvia: todo intento de exclusión del cristianismo del ágora donde se discute lo que es esencial para el hombre, relegándolo a una esfera privada con las conexiones sociales previa y sabiamente inutilizadas, es un atropello que contradice en su raíz la proclama fundamental de la modernidad en su exigencia de igualdad y su condena de todo prejuicio.

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