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viernes, 30 de julio de 2010

Israel y Gaza: ¿buenos y malos?

En mi reciente viaje a Israel-Palestina-Tierra Santa, he realizado el circuito que podríamos llamar "clásico", o ruta del peregrino. Desde el punto de vista religioso, resulta sumamente completo (y aconsejable); sociológicamente, cabe traerse ciertas experiencias elementales que no dejan de tener interés, pero que no conviene considerar como definitivas para el conocimiento de una sociedad tan compleja y sumida, ciertamente, en un conflicto interminable.
Estos circuitos, sin embargo, le dejan a uno con las ganas de conocer, si quiera, algo de esa realidad misteriosa, social y políticamente hablando, que es el pueblo palestino. Lo que se ve, o lo que te dejan ver, es claramente insuficiente para formular un juicio; la tentación del simplismo condenatorio de unos o de otros es grande, y raro es el que no deja escapar alguna sandez propia de barra de bar.
Pero a donde nadie va en estos viajes, que yo sepa al menos, y es muy comprensible, es a la célebre Franja de Gaza, baluarte de los palestinos y "cortijo" de los de Hamás, a los que confieso que profeso nula admiración.
Últimamente, se produjo un grave incidente de carácter internacional en el que la contundente intervención del ejército de Israel abortó lo que para ellos era una peligrosa infiltración filo-terrorista disfrazada de ayuda humanitaria, y para los otros, la enésima manifestación de la barbarie judía siempre dispuesta a masacrar a los débiles.
La imagen que se transmite en Europa de la situación en Gaza es la de una población prácticamente en las últimas debido al comportamiento judío que, sin contemplaciones humanitarias, habría convertido a la pobre franja -mínimo respiradero de la dignidad palestina- en un campo de concentración de refugiados.
Pues bien, hoy me encuentro en el ABC un artículo sobre el particular firmado por Bardají al que considero suficiente conocedor de la materia, lo que yo ciertamente no soy. A mí me ha resultado clarificador; por eso, me permito reproducirlo para mis lectores, sospechando que, tal vez, suscite debate, lo cual sería algo muy bueno. Ahí va:

"En su primera visita oficial a Turquía el primer ministro británico ha calificado a Gaza de «campo de prisioneros» a la vez que denunciaba el asalto a la flotilla turca por soldados israelíes de suceso «totalmente inaceptable». No sabemos las motivaciones de Cameron, tal vez acercarse a un emergente mercado energético tras el fiasco de BP en el Golfo, o simplemente resultar complaciente con sus anfitriones de Ankara. Pero está muy equivocado.
Primero, Gaza no es un campo de concentración y si lo fuera sería culpa de sus propios dirigentes,los terroristas de Hamás. Contrariamente a lo que se pinta en los medios gracias a un detallado esfuerzo de propaganda antiisraelí, en Gaza no se está fraguando ninguna crisis humanitaria. Hace unos meses se inauguró una piscina olímpica (aunque con separación estricta de sexos) y la semana pasada se celebró por todo lo alto la apertura del primer centro comercial. Es más, cabe recordarle a David Cameron, que el nivel de vida en Gaza, según las estadísticas de la ONU, es superior al de Turquía.
Segundo, no debe olvidar que Hamás e Israel están en un estado de guerra y no porque Israel lo haya querido, sino porque la organización palestina sigue fiel a su objetivo de borrar del mapa al estado judío.
Cameron tiene el derecho a expresar sus opiniones, pero no a ser discriminatorio con ellas. Así como se critica a Hillary Clinton cuando se «olvida» del Tíbet o de los derechos humanos cuando viaja a China, es más que lícito criticar al dirigente británico cuando juega a criticar a Israel y calla todos los abusos cometidos por el régimen islamizante de Erdogan. Desde las invasiones de Irak para castigar a los kurdos, a la represión de la oposición, pasando por armar una flotilla cuyo objetivo era generar un enfrentamiento. Para representar un país que tanto ha recurrido al bloqueo naval, desde las guerras contra Napoleón hasta la de las Malvinas, Cameron tiene una memoria muy selectiva".

domingo, 25 de julio de 2010

Hablar con Dios ante el Muro

Estaba hace pocos días en la plaza -llamémosla así- que desemboca en el Muro de las Lamentaciones (o de los Lamentos) al que yo, sin embargo, preferiría llamar de la oración desenfrenada o desbocada pero siempre esperanzada; compulsiva y aparentemente espasmódica, pero siempre entregada a ese largo plazo de un Dios que juega a manifestarse y esconderse en la Historia de los hombres.
Estaba allí y me disponía a avanzar unos pasos para unirme respetuosamente a cuantos en ese momento se dirigían al Silencio esencial, el de verdad, el único que puede hablar perforando la contundencia de una piedra-muro milenaria y lo hace desconcertando a propios y extraños.
Estaba allí, alegre y emocionado...y me contaron un chiste: un relato divertido e inocente que logra expresar en pocas palabras y con calidad "pictórica" lo que tendemos a decir envuelto en palabras graves, con ínfulas de filósofos de la historia.
Disfrutadlo:

"Acudió el presidente de Israel Simon Peres a visitar a su homónimo estadounidense Obama en su residencia de la Casa Blanca. Tras un rato de conversación, el presidente judío pidió al americano que le permitiera usar su teléfono especial porque quería hablar con Dios. Obama accedió encantado y Peres pudo hablar reservadamente con Dios durante unos cuantos minutos.
Al terminar la conferencia, un educadísimo Peres preguntó a Obama:
-Dígame, Presidente, cuál es el coste de mi llamada porque no me parece bien cargarlo a las arcas de EE.UU. menos en tiempos de crisis.
Obama, un tanto azarado, respondió:
-Bien, amigo Simon, el precio de la conferencia es de mil dolares.
El presidente israelí pagó religiosamente su conferencia y prosiguió con normalidad su visita de estado.
Meses después, el presidente Obama devolvió la visita a Peres. En un momento dado, y ante la sorpresa de su anfitrión, le pidió, como éste hiciera en Washington, el teléfono especial porque también él quería hablar con Dios desde Jerusalem.
-Está a su disposición, Mr. Obama, dijo sonriente Simon Peres.
El presidente yanki habló por teléfono durante cerca de una hora. Terminada la comunicación, pidió a Peres que le dijera con sinceridad el importe de la misma, a lo que el israelí respondió:
-Medio dolar, Presidente.
-¿Cómo es posible? ¡He estado hablando con Dios casi una hora! No entiendo que sea tan barato.
Sin perder la calma, Peres le replicó:
-No olvides una cosa Barack: desde aquí, es llamada local".

Efectivamente, en Jerusalem, y más concretamente frente al muro, hablar con Dios se sustancia con tarifa super-reducida: como una llamada local.


viernes, 23 de julio de 2010

Jerusalem, siempre Jerusalem

Llegues a la hora que llegues, entres por la puerta o el rincón que más convenga; aun si lo haces rendido de cansancio, o con el ánimo a ras de suelo, la entrada en Jerusalem imprime carácter. Algo se pega para siempre a la retina de unos ojos atónitos ante tanta belleza inesperada y gratuita; algo empieza a merodear por el espíritu, como queriendo pulsar resortes existentes pero tal vez entumecidos...
Sí, Jerusalem, la ciudad tres y mil veces santa, provoca en el visitante -sobre todo, en el visitante primerizo- una especie de "efecto-abducción" que traslada al visitante a los confines de lo sagrado, incluso cuando "eso sagrado" parece tan distante como irreal.
A nadie puede extrañar que la Ciudad de la Paz haya sido y siga siendo ciudad de la discordia; el amor posesivo -humano, demasiado humano- no ha llegado todavía a aceptar, y ni siquiera a comprender, que sólo desde el desprendimiento y la generosidad, será posible un día recuperar a quien es, sin duda, objeto de un amor loco, como posesión no egoísta al servicio de la humanidad toda, como símbolo supremo de la victoria sobre la dualidad separadora, es decir, "dia-bólica".
Una cosa tengo clara: si mis circunstancias vitales me lo permitieran, cada año rendiría visita a este prodigio de ciudad, capaz como ninguna de evocar el sueño de Dios sobre la humanidad, sin enmascararlo en idilios o mitologías que le pudieran privar de esa mundanidad variopinta y fascinante que permite comprender aquello de que entre los pucheros anda Dios.
Se entiende perfectamente el saludo tan entrañable de los judíos de la diáspora: "el año que viene en Jerusalem". Pues lo hago mío desde ahora mismo, y, por si acaso, empiezo ya a ahorrar.

martes, 20 de julio de 2010

No somos máquinas

Reconozco que me cuesta volver a arrancar. Como en cualquier otra actividad, en esto de la escritura, la pérdida de ritmo condiciona no poco la buena marcha del "producto" final.
Lo mejor de esta sencilla y hasta vulgar constatación es que nos hace conscientes de que no somos máquinas. En efecto, recién vuelto de un viaje a Tierra Santa al que me referiré más de una vez en próximas entradas, mi ordenador obedeció sin rechistar a la orden que le dí de ponerse en marcha cuando apreté el botón correspondiente. Yo no tengo botones, ni "dueños" que quisieran apretarlos.
¡Qué interesante sería que aplicáramos siempre esta elemental experiencia de cada día al ámbito del comportamiento propio y ajeno, del crecimiento personal, y muy especialmente al complejo mundo de la educación! No; no somos máquinas.
Nos cuesta "re-iniciar" la marcha; perdemos el hilo de nuestra peripecia vital con un simple parón en nuestra rutina de cada día. Nos influyen las condiciones atmosféricas a las que convertimos en enorme coartada de nuestra pereza: por ejemplo, el calor que aquí me sirve de justificación para un dulce no hacer nada, no me impedía hace a penas dos semanas callejear por la ciudad vieja de Jerusalem, acercarme al Mar Muerto, entrar y salir de ciudades y pueblos agobiados por un termómetro inmisericorde.
Sólo se me ocurre una receta: paciencia; paciencia con uno mismo y, sobre todo, con los demás. Pero siempre unida a la perseverancia, al entrenamiento, a la secreta disciplina que con frecuencia sugiere "agere contra", es decir, hacerse violencia, esforzarse..., en una palabra, aceptar la condición humana que nos configura y nos dignifica.
Pensaba haber re-comenzado el blog con una evocación de mi viaje a Jerusalem y, sin embargo, se me ha impuesto una meditación para explicarme, y explicar a mis posibles lectores, el por qué de mi pereza. Pues ya está: no somos máquinas...gracias a Dios.

sábado, 3 de julio de 2010

Modelo de diálogo eclesial "desde arriba"

Una de las acusaciones que con mayor frecuencia hacen los llamados o conocidos como "cristianos de base" a los dirigentes de la Iglesia, es decir, a los obispos, es su escasa capacidad de diálogo. Estos pastores, según la acusación, estarían enfeudados en su pequeño mundo y serían incapaces de escuchar la voz de la sociedad real, representada por corrientes culturales discrepantes habitualmente del pensamiento oficial católico, o por católicos críticos seriamente preocupados por el escaso espíritu evangélico de la jerarquía, etc., etc.
Esta forma de pensar se materializa no pocas veces en escritos colectivos firmados por grupos e individuos que dicen representar a otros muchos creyentes desencantados ante las posiciones claramente reaccionarias de la inmensa mayoría de los dirigentes. La verdad es que este tipo de manifiestos tiene una repercusión más bien escasa, a no ser que cuenten con el altavoz de esos medios de comunicación para los que cualquier ataque a la Iglesia es siempre bienvenido diga lo que diga, y se trate de lo que se trate.
Más preocupantes, y de mayor calado, son las declaraciones fuertemente críticas salidas de la pluma de algunos teólogos que no se muerden la lengua al hacer sus diagnósticos sobre los males del catolicismo contemporáneo, señalar sus causas (casi siempre personalizadas en los obispos), y sugerir los tratamientos adecuados.
Pues bien, hace unos días, el arzobispo de Tanger, que es un franciscano de apellido Agrelo, ha desmentido esa acusación de falta de diálogo, y ha respondido, de una tacada, a tres ilustres críticos, González Faus, Masiá y Díez Alegría, con una reflexión verdaderamente admirable y exenta de cualquier agresividad, al tiempo que llena de auténtico espíritu cristiano, eclesial y franciscano. No me resisto a compartirla, y a pesar de su longitud la publico íntegra, sin que haga falta decir que me identifico plenamente con su contenido.

"Lo dijo mi admirado José Ignacio González Faus: "La Iglesia nombra hoy a sus obispos en contra del evangelio". Por su parte, Juan Masiá, también jesuita, declaró en una entrevista: "La Iglesia tiene miedo a la mujer, a la ciencia, a los periodistas, a la modernidad, a la sexualidad".

Y a José María Díaz Alegría, hombre que quiso ser de Dios y de los pobres, un amigo suyo le atribuye las inequívocas palabras de este juicio: "Pienso que la Iglesia católica en su conjunto ha traicionado a Jesús. Esta Iglesia no es lo que Jesús quiso, sino lo que han querido a lo largo de la historia los poderosos del mundo".

No seré yo quien contradiga ni a quienes admiro, ni a quienes apenas conozco. Sus razones tendrán para pensar lo que piensan y decir lo que dicen; y a ellos toca asumir la responsabilidad de los juicios que pronuncian.

He de decirles, sin embargo, como quien confiesa una debilidad, que sus juicios sobre la Iglesia me hieren y me duelen, pues cada vez que ellos dicen Iglesia y la envuelven en los paños del miedo al mundo y de la traición a Jesús y al evangelio, yo veo la comunidad humilde que me acogió para bautizarme, la que me acompañó el día de la unción con el Espíritu, la que me preparó para la comunión eucarística, la que hizo una fiesta de cantos, luces y flores el día de mi ordenación sacerdotal; la comunidad con la que tantas veces he orado por hermanos que nos habían dejado, la comunidad con la que celebro cada domingo a Cristo resucitado.

Cada vez que alguien dice Iglesia, yo veo un sacramento que significa y realiza la unión íntima con Dios y la unidad de todo el género humano. Cada vez que alguien dice Iglesia, yo veo el pueblo que ha sido unido «por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

En la Iglesia que conozco, asamblea de hombres y mujeres que Dios ha llamado, no veo "a muchos intelectuales, ni a muchos poderosos, ni a muchos de buena fama; todo lo contrario: lo necio del mundo se lo escogió Dios para humillar a los sabios; y lo débil del mundo se lo escogió Dios para humillar a lo fuerte; y lo plebeyo del mundo, lo despreciado, se lo escogió Dios: lo que no existe, para anular a lo que existe, de modo que ningún mortal pueda engallarse ante Dios".

No sé si esta Iglesia a la que pertenezco es una comunidad de cobardes y traidores; sólo sé que existe porque Dios la ama, y que Cristo, no otros redentores, es para ella sabiduría, honradez, consagración y liberación.

Decididamente, vuestros juicios sobre la Iglesia me hieren y me duelen, pues, aunque su rostro se vea desfigurado por pecados míos y vuestros, sobre ese rostro resplandece siempre la luz de Cristo que lo ilumina con su justicia y su santidad".

jueves, 1 de julio de 2010

Curia Romana: sigue la reforma al estilo "benedictino"

Entre ayer y hoy se han producido en la Curia Romana una serie de cambios fruto de otros tantos nombramientos del Papa. Es evidente que la Curia -que no es la Iglesia ni lo más importante de ella-tiene una considerable importancia para que los católicos seamos "bien gobernados". Este lenguaje suele crear estupor en algunos puristas que parecen creer que la Iglesia es un ente etéreo, espiritual y casi extraterrestre que debería estar por encima de las bajezas que suponen los cargos y los nombramientos.
Curiosamente, voy viendo que esta visión tan poco realista y, en definitiva, tan angelista o angelical, la suelen compartir católicos de izquierda y de derecha, por utilizar el lenguaje al uso. Es verdad que luego, a la hora de la verdad, ambas tendencias extremas suelen estar obsesionadas por el acontecer de los nombramientos en cualquier nivel de la vida eclesial. Curiosa contradicción.
Pues bien, efectivamente los nombramientos de altos cargos acontecidos ayer y hoy son de extrema importancia. Me fijaré en el que va a ser nuevo responsables de las relaciones ecuménicas y con el judaísmo, Mons. Kurt Koch que llega a su nueva responsabilidad desde la diócesis de Basel (Suiza) donde ha sido obispo durante quince años más o menos.
Ya se han puesto en guardia contra él los inmovilistas sugiriendo antecedentes "progresistas" en el recién nombrado. Por lo visto, se refieren a que Mons. Koch en su día se mostró elogioso con el teólogo Hans Küng; ahora bien, tengo la impresión de que estos mismos se consuelan diciendo que el susodicho "parece" haber derivado a posiciones más conservadoras. De manera que, como vemos, el discurso de estos señores alcanza cotas de profundidad que nada tienen que envidiar a la de sus colegas del extremo contrario: para ambas tendencias la iglesia se divide en progres y carcas, siendo los buenos unos y los malos otros, dependiendo naturalmente de la respectiva alineación.
El obispo Koch ha realizado ya algunas declaraciones en una línea que me ha gustado mucho por ir al fondo de los asuntos y por dejar claro que esto del ecumenismo y de las relaciones con el judaísmo no es un juego coyuntural, un entretenimiento, o un brindis para la galería, sino un quehacer que nace de la entraña misma de la Iglesia; una consecuencia práctica, diríamos, operativa de lo que es su esencia.
Ofrezco algún pequeño apunte que he podido encontrar; no hace falta que diga que estoy plenamente de acuerdo con lo que afirma Koch. Aprecio especialmente de sus palabras el diagnóstico que hace sobre las intenciones últimas de BXVI que, de ser correcto, definiría mucho mejor que las simplezas de unos y otros la verdadera orientación de fondo de este pontificado:

“La acusación de que el Papa Benedicto quiere volver atrás respecto al Concilio Vaticano II está hoy difundida entre el público, por ignorancia o por una consciente intención de algunos teólogos que deberían saber cuál es la verdadera realidad, pero dicen en voz alta lo contrario. Estas acusaciones son una grave equivocación”. El obispo suizo explicó que el Papa no quiere de ninguna manera volver hacia atrás sino que busca hacer avanzar a la Iglesia en profundidad: no se trata de reformas individuales sino de que el centro de la fe y de la Iglesia pueda salir a la luz. El Pontífice “impulsa una nueva «reformatio» de la Iglesia desde dentro” y “esta preocupación del Papa debería ser también la de todos nosotros”.


lunes, 28 de junio de 2010

La Iglesia en el País Vasco: sigue el movimiento

Siguen las aguas revueltas en la Iglesia del País Vasco. Vacante la sede de Bilbao por el traslado o promoción de su titular, Mons. Blázquez al arzobispado de Valladolid, la Santa Sede no pudo o no quiso cerrar su sucesión con prontitud y, como muchos nos temíamos, esa tardanza se está demostrando más perniciosa, o por lo menos problemática, que el nombramiento de un nuevo obispo fuera este quien fuera.
Hace un par de semanas, un grupo de unas setecientas personas escribieron al Nuncio Frattini una carta en la que repiten los tópicos al uso cuando de una sucesión episcopal se trata: que el nuevo prelado debe ser alguien encarnado en la realidad sociocultural de la diócesis, conocedor de su idiosincrasia, etc., y que en el procedimiento para su elección debería oirse al pueblo de Dios en mayor medida de lo que habitualmente se hace.
Digo que se repiten tópicos al uso, pero no quisiera que se me entendiera mal: hay en ellos, a pesar de ese carácter "tópico", no poco de razonable en linea de principio, si bien es verdad que, convertido en reivindicación-presión de última hora, lo que se dice pierde seriedad operativa a largo plazo y se convierte en proclama para la galería o brindis al sol.
La respuesta del nuncio, que ha sorprendido por lo inhabitual, ha sido tan sobria como contundente: dando a entender que los nombramientos episcopales se hacen con las pertinentes consultas previas, subraya que el Papa nombrará al candidato que considere el mejor para ser pastor de la diócesis. Me ha gustado la respuesta. Sobre todo, me ha gustado que se produjera.
Pero ahí no ha terminado el asunto. Creo que por primera vez, el escrito de los setecientos no ha sido el único. A los pocos días, según se informa, se ha puesto en marcha un procedimiento de recogida de firmas para avalar una toma de posición de signo contrario. Vienen a decir los ya más de dos mil firmantes que tienen plena confianza en lo que haga la santa sede siguiendo los procedimientos canónicos para el nombramiento de nuevo obispo, y que éste deberá ser, sobre todo, un buen pastor, un hombre santo capaz de pastorear su iglesia como parte de una iglesia universal sin obsesionarse por los rasgos de peculiaridad o idiosincrasia propia de la misma. Hablando en plata: a los primeros les resultaría un buen signo que se nombrara a un obispo al menos filo-nacionalista. A los segundos, diríamos, todo lo contrario.
Pues me parece muy bien este segundo pronunciamiento, aunque lo ensombrece un tanto, al parecer, la falta de transparencia a la hora de la recogida de firmas que, por lo visto, quedan en el anonimato, dando un sesgo de opacidad a todo el procedimiento. Si es así, tarjeta roja.
Para terminar, una buena noticia para Mons. Munilla, obispo de San Sebastián. Por lo visto, el diario Gara, siniestro altavoz de la banda terrorista Eta, la ha emprendido con él acusándole de fomentar prácticas nacionalcatólicas y sandeces por el estilo. Que Gara tome posición en contra de Munilla es signo inequívoco, a mi juicio, de que el sufrido obispo donostiarra está en el campo adecuado. Lo contrario sería aterrador. Piensen en esto con serenidad los detractores de Munilla, no vayan a encontrarse de repente en un terreno de juego poco limpio acompañados de personajes cuya catadura moral todos conocemos.

sábado, 26 de junio de 2010

China: interesante mapa religioso

China, el gigante asiático que a no pocos inspira un recelo que sin duda hunde sus raíces en el miedo a a lo desconocido, ofrece uno de sus rasgos más enigmáticos cuando se contempla su mapa religioso.
Sabemos, desde luego, que no hay allí muchos cristianos; pero probablemente ignoremos un dato muy interesante: que el protestantismo está conociendo una expansión bastante espectacular, y que, numéricamente, los hijos de la Reforma nos superan ampliamente a los católicos, si bien padecen la constante amenaza de la fragilidad debido a las divisiones internas que acompañan secularmente al protestantismo. Concretando en cifras, habría que hablar de un total de cristianos protestantes entre los 40 y 70 millones, un granito de arena, ciertamente, en medio de la descomunal playa de la población china.
Los católicos se pueden cifrar entre 12 y 14 millones, añadiendo siempre la célebre división que los atraviesa entre los llamados "oficiales", adaptados a la situación política y no perseguidos en principio por el sistema, que mantienen vínculos débiles pero reales (algunos de ellos, al menos) con Roma, y los conocidos como "clandestinos", de fidelidad pétrea a Roma y mal vistos, y muchas veces molestados, cuando no perseguidos, por el régimen. (Estoy hablando de la situación actual en los comienzos de nuestro siglo XXI; el pasado, incluso inmediato, arroja un balance, en lo referente a persecuciones bastante más siniestro, como no podía ser menos tratándose de un régimen comunista).
Es interesante también mirar a las otras religiones existentes. El Budismo, que con el protestantismo está conociendo una considerable expansión, es una religión que, introducida en China en el siglo primero después de Jesucristo, arroja una cifra cercana a los 100 millones de fieles por lo menos.
El Taoismo, más una sabiduría o filosofía que una religión, fundado sobre las enseñanzas legendarias del Tao (que significa Camino o Senda), está en la base de la espiritualidad china, y conforma tanto su raíz cultural como su pensamiento. Más de 200 millones de chinos se sienten deudores de esta filosofía o modo de vivir en su inspiración existencial.
Finalmente, el Islam no está en expansión, y constituye una minoría algo acantonada, con 20 millones de fieles en todo el país; concretamente los Huis en el suroeste y los Ouighours en la provincia de Xinjiang al noroeste.
Una reflexión "casera" para terminar. Me llama la atención el escasísimo interés que suscitan normalmente entre nosotros las tradiciones religiosas lejanas a nuestra sensibilidad. Tal vez se trate de una característica fruto de un aislamiento histórico que nos ha hecho recelar de lo que percibimos como "extranjero" o extraño a nuestra idiosincrasia, frente a lo que generamos, como mecanismo de defensa, un miedo que se convierte en desinterés, y que no pocas veces termina degenerando en un auténtico desdén. Nunca olvidaré, a este respecto, un chiste que se oía en mi infancia y que, en su brutal zafiedad, expresa bastante bien en resumen lo que acabo de decir: "No creo", decía el gracioso, "en la religión católica que es la verdadera, como para creer en todas las demás."

viernes, 25 de junio de 2010

Pederastia: se aleja la tormenta, pero se oyen truenos todavía


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de perdón por los abusos del clero

Me ha producido más desasosiego que extrañeza la noticia que se puede leer hoy en la prensa que informa de un registro policial en toda regla de las dependencias arzobispales de la archidiócesis de Malinas-Bruselas a la búsqueda de documentación o testimonios relacionados con denuncias de pederastia.Para terminar de “arreglarlo” veo que las pesquisas se han ampliado al propio domicilio del anterior arzobispo, el cardenal Daneels. Los despachos informativos añadían como detalle nada agradable un acordonamiento policial de los edificios.

Evidentemente, no hay nada que objetar en linea de principio a una intervención de este tipo realizada, sin duda, con todas las garantías judiciales. La Iglesia no tiene por qué tener ningún privilegio y debe ser considerada como una institución social más sometida al imperio de la ley. Nadie en su sano juicio dentro de la Iglesia reclama para ella excepciones de trato, cosa que, entre nosotros, no todos se creen, por lo que periódicamente se ven en la obligación de recordárselo con el estúpido y manido latiguillo de “tiene que encontrar su puesto en la democracia”.


No obstante lo dicho, es perfectamente legítimo que los que amamos a la Iglesia por sentirnos parte de ella, suframos la humillación que está suponiendo esta catarata de consecuencias, también cívicas, del desastre espiritual que implica el lamentable hecho de los casos de pederastia.

Me ha parecido que podría ser útil proporcionar a los lectores de este modesto blog, la reflexión publicada en Diario de Burgos por mi admirado amigo Joaquín Luis Ortega que une en su persona tres vectores existenciales que le convierten en un referente de calidad a la hora de afrontar temas como éste: su condición de sacerdote, de periodista y de doctor en historia.


Disfruten con su reflexión.

(Joaquín Luis Ortega, Diario de Burgos).-De pederastia y no de pedofilia. Las cosas serias hay que tratarlas con seriedad. Pedofilia es simplemente el amor a los niños, sin otra connotación. Pederastia es el abuso sexual con los niños y eso es ya harina de otro costal.

Con el paso de los días va remitiendo la intensa oleada de acusaciones de pederastia contra sacerdotes y religiosos católicos. Ahora que el terremoto amaina es el momento de hablar y hacer balance. Precisamente en estos días ha culminado en Roma el Año Santo dedicado por Benedicto XVI a los sacerdotes. Momento también de evaluar y clarificar la verdad y la densidad de la ‘pederastia eclesiástica', lastimosamente, tan traída y llevada.

Queda en pie que la pederastia ha tenido y tiene clientes eclesiásticos. Es algo tan execrable como real. Algo que repugna radicalmente con la condición sacerdotal. En lo que no existe tanta claridad es en las cifras. A lo largo de los múltiples debates abiertos -llenos algunos de equilibrio, y otros de mala saña- se ha clarificado que la pederastia afecta a un porcentaje exiguo del clero.

No cabe disculpa para tal pecado y delito, pero tampoco es correcto desorbitar el censo de los pecadores. Por otra parte se ha venido verificando que la piara de los pederastas está compuesta mayormente por casados y no por célibes. Quiere ello decir que no vale recurrir a la abolición del celibato para extirpar la pederastia, como han pretendido algunos eminentes teólogos. Si hay que hablar de la supresión del celibato, obligatorio para los clérigos católicos, será por otras razones. Pero no por las ahora propuestas.

La galerna de los abusos sexuales eclesiásticos ha arremetido con especial virulencia contra el papa Benedicto XVI que ha resistido las embestidas con responsabilidad, serenidad y firmeza. Benedicto XVI no ha ocultado ni edulcorado los desmanes. Ha exigido la dimisión incluso de obispos. Ha endurecido ya la vigente legislación canónica sobre estos temas. Ha escrito sobre lo ocurrido páginas que pasarán a la historia, como la dirigida a los católicos de Irlanda, del 19 de Marzo de 2010, escrita para ser leída y aplicada en todos los rincones de la Iglesia.

Por si fuera poco, el papa Ratzinger, en todos sus recientes viajes, ha reservado un tiempo para dialogar con víctimas de los abusos. Y además, ha reconocido, en diversos momentos de su estancia en Portugal, la existencia del pecado en el hoy de la Iglesia.

La Iglesia, por su parte, se ha apiñado en torno a Benedicto XVI, reconociendo en él al timonel sabio y sereno que ha sabido gobernar acertadamente la nave de la Iglesia en esta procelosa coyuntura.

Así las cosas, bien cabría decir que la «pederastia eclesiástica» ha quedado desenmascarada, ya que no vencida; la Iglesia se ha purificado de una escoria que la deshonra, y Benedicto XVI se ha visto confirmado por aclamación en su papel de pastor solícito y prudente de toda la Iglesia.


dón por los abusos el clero


miércoles, 23 de junio de 2010

Catacumbas: descubrimientos arqueológicos y más

“En medio de las Catacumbas de Santa Tecla, un cubículo que parecía una simple planta cuadrada con tres arcos, ha resultado ser un importante hallazgo de la arqueología sacra: se trata de las figuras más antiguas de los apóstoles (fines del siglo IV). Están representados Pedro, Pablo, Andrés y Juan. El descubrimiento, que fue revelado después de dos años de investigaciones y anunciado el año pasado en L’ Osservatore Romano, fue presentado oficialmente ayer en una rueda de prensa presidida por el presidente de la Pontificia Comisión de Arqueología Sacra y presidente del Pontificio Consejo para la Cultura, monseñor Gianfranco Ravasi”.

He podido leer esta noticia en diversas páginas informativas especializadas (ésta, concretamente, la he encontrado en InfoCatólica), y confieso que me ha llenado de emoción.
Por una u otra razón, estamos asistiendo a un creciente interés no sólo de los especialistas, sino también del gran público, a propósito de todo lo que tiene que ver con los orígenes, y más concretamente, con la antigüedad cristiana en general. Este interés es, desde luego, perfectamente legítimo, pero además muy comprensible porque responde a una certera intuición: es en esos orígenes, en esa “primera fase” del desarrollo del cristianismo, donde nos es dado encontrar algo así como los fundamentos “fundantes” de lo que se irá desarrollando progresivamente en una complejísima evolución histórica hasta llegar a nosotros en el cristianismo que conocemos, y que -aquí empiezan los problemas- para unos es una torpe deformación de aquél idílico mundo primitivo, y para otros constituye sencillamente el resultado de una evolución inevitable que arroja como balance la ambigüedad de todo lo humano: luces y sombras.
No es el momento de pronunciarse sobre el debate que acabo de insinuar porque el género literario de un blog, por su propia naturaleza, impide entrar en cuestiones tan complejas como para exigir el espacio de, cuanto menos un artículo y no precisamente breve.
Sí me apetece, sin embargo, decir algo sobre las Catacumbas. Cualquiera que haya estado Roma, se habrá acercado a una u otra de las catacumbas que pueden visitarse en la Ciudad Eterna. La más habitualmente incluída en los circuitos turísticos es la llamada de San Calixto, pero no sería justo omitir la mención que merecen, a mi juicio, la de Priscila (me entusiasmó) y también la de Domitila (menos), sin olvidar que estas tres no son ni mucho menos las únicas visitables (interesante también San Sebastián), aunque sean, eso sí, las más famosas sin duda por méritos propios.
La primera vez que bajé a San Calixto experimenté un verdadero escalofrío espiritual; (escalofríos físicos son también posibles por cuestiones de contraste de temperatura). Estaba yo convencido de que me disponía a visitar los refugios de aquellos heroicos cristianos primitivos que encontraron en esos laberintos subterráneos refugio a la inevitable clandestinidad que les imponían sus perseguidores.
Ese sentimiento avivó en mí un notable espíritu de solidaridad con aquellos predecesores y, al mismo tiempo, una cierta sensación de vergüenza por el convencimiento de que ahora los cristianos no seríamos capaces de semejante valentía. Como se ve, aunque fuera inconscientemente, me apuntaba yo con estas elucubraciones a la tesis de los que mantienen que el cristianismo no ha hecho sino degradarse en su evolución histórica.
Poco tardé en despertar de mi “sueño dogmático” sobre las catacumbas, sueño compartido por un porcentaje altísimo de los que las visitaron entonces conmigo y siguen haciéndolo ahora bastantes años después. Un conjunto de buenas lecturas y la oportunidad de escuchar a magníficos estudiosos de la arqueología de la época y, más en general, de los orígenes del cristianismo, me hicieron ajustarme a la realidad, menos romántica, casi nada idílica, pero segura desde el punto de vista histórico y no desprovista de belleza a pesar de todo.
En efecto, ni refugios, ni clandestinidad, ni películas enternecedoras para avivar en nosotros el sueño del paraíso perdido: las catacumbas son básicamente necrópolis, es decir, cementerios de la época correspondiente (sobre todo, siglo IV), con todo lo que ello tiene de interés para el que tantos siglos después, puede acercarse y visitarlos en un estado de conservación realmente llamativo.
A partir de aquí, podemos adentrarnos en ellas desprovistos ya de ese “prejuicio” del que he hablado, tan conmovedor aunque falso, y caer en la cuenta, sin merma de auténtica emoción religiosa, de algo que con aquél esquema mítico de antes nos pasaba fácilmente desapercibido: el testimonio inequívoco que atraviesa todas estas necrópolis, expresado de una u otra forma en sus paredes y nichos de una convicción de aquellos predecesores nuestros en la fe, esta sí realmente subversiva entonces y ahora: que la muerte no tiene la última palabra porque Cristo ha resucitado.