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martes, 20 de julio de 2010

No somos máquinas

Reconozco que me cuesta volver a arrancar. Como en cualquier otra actividad, en esto de la escritura, la pérdida de ritmo condiciona no poco la buena marcha del "producto" final.
Lo mejor de esta sencilla y hasta vulgar constatación es que nos hace conscientes de que no somos máquinas. En efecto, recién vuelto de un viaje a Tierra Santa al que me referiré más de una vez en próximas entradas, mi ordenador obedeció sin rechistar a la orden que le dí de ponerse en marcha cuando apreté el botón correspondiente. Yo no tengo botones, ni "dueños" que quisieran apretarlos.
¡Qué interesante sería que aplicáramos siempre esta elemental experiencia de cada día al ámbito del comportamiento propio y ajeno, del crecimiento personal, y muy especialmente al complejo mundo de la educación! No; no somos máquinas.
Nos cuesta "re-iniciar" la marcha; perdemos el hilo de nuestra peripecia vital con un simple parón en nuestra rutina de cada día. Nos influyen las condiciones atmosféricas a las que convertimos en enorme coartada de nuestra pereza: por ejemplo, el calor que aquí me sirve de justificación para un dulce no hacer nada, no me impedía hace a penas dos semanas callejear por la ciudad vieja de Jerusalem, acercarme al Mar Muerto, entrar y salir de ciudades y pueblos agobiados por un termómetro inmisericorde.
Sólo se me ocurre una receta: paciencia; paciencia con uno mismo y, sobre todo, con los demás. Pero siempre unida a la perseverancia, al entrenamiento, a la secreta disciplina que con frecuencia sugiere "agere contra", es decir, hacerse violencia, esforzarse..., en una palabra, aceptar la condición humana que nos configura y nos dignifica.
Pensaba haber re-comenzado el blog con una evocación de mi viaje a Jerusalem y, sin embargo, se me ha impuesto una meditación para explicarme, y explicar a mis posibles lectores, el por qué de mi pereza. Pues ya está: no somos máquinas...gracias a Dios.

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