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martes, 21 de diciembre de 2010

El endiosamiento de los necios

Por si no fuera suficiente con los interminables seis años de una gestión política catastrófica que en un macabro "crescendo" nos ha ido llevando al borde del abismo integral, ahora el presidente Rodríguez Zapatero se dispone a obsequiarnos con la incógnita o el misterio de su decisión sobre su propio futuro.
Por lo visto, ha confiado a sus fans que ya ha tomado una decisión de la que ha hecho partícipes en exclusiva a su esposa (curiosa concesión a la familia tradicional), y a un militante del partido, al que indudablemente debe considerar como una versión -por supuesto ultra-laica- del discípulo amado del evangelio de san Juan (con mil perdones para ese inconmensurable evangelio y para su autor, dizque llamado Juan).
Cuando en los tiempos de la dictadura de los cuarenta años soñábamos con el advenimiento de la democracia, nos imaginábamos que los dirigentes políticos de esa nueva era se caracterizarían, entre otras cosas, por no parecerse en nada a los que entonces padecíamos, sobre todo en una cosa: en la carencia de ínfulas, y en la normalidad democrática en su relación con la ostentación y el ejercicio del poder.
Pensábamos, en nuestra ingenuidad, que llegada por fin la libertad, los políticos aceptarían de buen grado una relación no-sacral con el poder, lo que les haría abandonarlo con toda naturalidad, bien como consecuencia de una derrota electoral, bien como decisión propia basada en razones personales más o menos acertadas y/o convincentes.
ZP acaba de desmentir estas apreciaciones, y nos ha sacado -como ya hicieron otros, es verdad- de ese romántico sueño.
Ahora tendremos que soportar ríos de tinta dedicados a hacer todo tipo de cábalas sobre la decisión del señor de los talantes; entraremos todos a su trapo. Es una pena.
Por mi parte, prometo aliviar cualquier brote de ansiedad que me pueda sobrevenir, con la repetición silenciosa y perseverante de este mantra: "que se vaya, que se vaya de una p. vez". Y es que confieso que soy un monoteísta convencido: ¿dioses y diosecillos? No, gracias. Sólo los necios terminan creyéndose que han alcanzado la divinidad, por lo que no es infrecuente que acaben queriéndose quitar de encima al Dios verdadero. Como dice el salmista:"Piensa el necio en su interior: 'no hay Dios'. Pues eso.

La obsesión de Benedicto XVI por lo esencial

Todos los años por estas fechas los papas tienen la costumbre de mantener un encuentro con la Curia para intercambiar la felicitación de Navidad. En el "marco incomparable" (según el gracioso tópico redaccional) de una de las solemnes salas vaticanas, o, incluso, de la Sixistina, el Papa dirige un discurso a los miembros del pleno de su equipo de gobierno en el que pasa revista a los principales acontecimientos del año a punto de terminar, deslizando casi siempre consideraciones de fondo que no pasan desapercibidas a los informadores.
Por ejemplo, el año 2005, en la que fue su primera felicitación navideña, BXVI, aprovechó esta circunstancia para pronunciar un discurso absolutamente fundamental para comprender una de las lineas de fondo de su comprensión de la Iglesia contemporánea heredera de un concilio, el Vaticano II, de cuya interpretación sigue dependiendo todo el desarrollo teórico y práctico (pastoral) de la iglesia católica en el presente siglo. De obligada lectura y re-lectura...
Ayer, el papa compareció una vez más ante su curia y les felicitó esta Navidad brindándoles unas consideraciones de fondo que me han vuelto a impresionar porque ponen de relieve el verdadero perfil de este hombre, tantas veces distorsionado por muchos medios de comunicación que siguen sin querer -o, más probablemente, sin poder- entender su profundidad espiritual y sus puntos de referencia básicos.
En este discurso al que me refiero, vuelve a poner de manifiesto la magnitud de la herida que ha infligido a todo el cuerpo eclesial el asunto de la pederastia. Leyendo sus consideraciones, se capta perfectamente que BXVI no hace teatro o da lectura a un guión escrito por algún funcionario cuando asume y reconoce abrumado hasta qué punto ha quedado ensuciada toda la iglesia y comprometido su testimonio por el "pecado" de algunos sus miembros más cualificados.
He subrayado deliberadamente la palabra pecado porque es precisamente el nivel religioso o teológico que esta palabra evoca el que permite al papa-teólogo situar correctamente su meditación. Una meditación que quiere siempre ir a lo esencial: Dios y la relación del hombre con su misterio.
Precisamente por situarse en ese nivel de profundidad, los diagnósticos y las "soluciones" que Ratzinger sugiere rebasan con creces las superficiales proclamas de los que exigen simplemente sanciones ejemplares (nunca excluidas, desde luego, de acuerdo con las leyes), o reformas estructurales de las que dependería la solución de un problema moral que es -reconozcámoslo- algo más que un problema: un enigma, un misterio; el mysterium iniquitatis que nos remite inexorablemente a la pregunta por el ocultamiento de Dios en nuestra sociedad, y previamente a ello, por las condiciones sociales y filosóficas que lo hacen posible o, tal vez incluso, para muchos, hasta deseable.
He querido destacar este aspecto de la última reflexión navideña del Papa, porque creo que nos permite captar una vez más hasta qué punto este hombre tiene la "obsesión" de lo esencial, con lo que, día tras día, le está diciendo a la iglesia a la que él sirve, de qué debe realmente preocuparse si quiere ser, como afirmó el Vaticano II, una iglesia "reformata et semper reformanda", es decir: reformada y siempre en estado de reforma a la luz del evangelio. ¿Será por eso por lo que el papa Ratzinger gusta tan poco, e incluso irrita, a los maestros del simplismo y a los visionarios de las "revoluciones pendientes"?

viernes, 26 de noviembre de 2010

Peter Seewald: el servicio impagable de un gran periodista

He empezado a leer el libro-entrevista al papa BXVI debido al trabajo del periodista alemán Peter Seewald. El libro estuvo en las librerías el miércoles, y como tenía que comprar un recambio en El Corte Inglés, aproveché esa hora en teoría menos agobiada de las 4 p.m. para adquirirlo en la librería. Según me dijo el vendedor, me llevaba el último. Buena señal. Es de desear que tenga éxito; gusten o no las respuestas del papa, al menos una cosa es cierta: no dice ni una tontería. Dadas las circunstancias que padecemos, esto es una bendición del cielo.
Quiero comentar algo del periodista Seewald del que nadie se acuerda estos días en la prensa, muy ocupados los comentaristas en dar vueltas y vueltas a una frase sobre el preservativo que, a su indocto parecer, sería lo más importante de las doscientas y pico páginas del libro, y constituiría una auténtica revolución. Ambas apreciaciones son, en mi opinión, rotundamente falsas, pero parece que tendremos que aceptar que en la era de las comunicaciones nuestro sino tenga que ser el no podernos fiar de los comunicadores profesionales.
Seewald ha manifestado su desolación por lo que acabo de decir, y no es para menos. Se comprende que para un periodista de largo recorrido como es él (ha trabajado en el Spiegel, el Bild, y el Süddeutschen Zeitung, y este de ahora es el tercer libro-entrevista con Ratzinger), contemplar cómo sus colegas de profesión se entregan a un ejercicio de reduccionismo frívolo y facilón, debe ser una fuente de tristeza y hasta desánimo profesional.
Me ha llamado la atención conocer de su biografía el detalle significativo de su pasado izquierdista (marxista, como es natural) y de su salida de la Iglesia a la que abandonó por razones ideológicas por los años 68. Posteriormente recuperaría la fe y descubriría, según propia confesión, que los ideales de su juventud se realizaban mil veces mejor dentro del cristianismo; está convencido, a este respecto, de que la radicalidad del evangelio y la calidad de sus respuestas dejan en una posición prácticamente irrelevante las pretensiones revolucionarias de esas funestas ideologías que tanto daño han hecho a la humanidad y que todavía colean ofreciendo más de lo mismo, aunque ahora con un mayor disimulo. Estoy de acuerdo con su apreciación.
Confiesa que su decisión de entrevistar, ahora al papa, antes al cardenal Ratzinger, nace de la necesidad, por una parte, de reivindicar su figura intelectual y religiosa burdamente caricaturizada por unos medios de comunicación sumidos en el tópico y la ignorancia religiosa, y por otra, de ponerse al habla y escuchar a un pensador, que además es pastor de la iglesia católica, y de cuyo pensamiento, siempre expresado con humildad y afabilidad, emana una luminosidad que resulta reconfortante en medio de la espesa niebla que está envolviendo a nuestro occidente.
En Ratzinger, pues, antes y después de ser papa, ha buscado ayuda para responder a esas grandes preguntas que siguen en pie por más que nuestra sociedad se empeñe en que permanezcan aparcadas sobre todo en el mundo de la juventud: ¿a dónde va nuestro mundo? ¿qué podemos esperar? ¿cómo hacer posible que la oferta de la sabiduría cristiana llegue a nuestros hermanos y conciudadanos?
En el papa, asegura, siempre ha encontrado no sólo a un gran intelectual, sino a un verdadero maestro espiritual que jamás ha eludido o "censurado" una sola pregunta de las planteadas con total libertad por él.
Reconoce, sin embargo, que la visión del mundo y de la historia de BXVI es más optimista que la suya. El papa es un hombre que, sin perder un ápice de la lucidez y el espíritu crítico propios de su talla intelectual, vive sumergido en las aguas de la esperanza cristiana; una esperanza que habría que decir parafraseando a san Pablo, es locura para unos y necedad para otros.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

El Papa, los integristas y Bibiana Aído

Me está divirtiendo enormemente estos días leer las reacciones, entre estupefactas y contenidamente irritadas, de esos bloggeros integristas que día tras día condenan sin piedad a los que ellos consideran desviacionistas de la ortodoxia doctrinal, supremamente representada por el Papa, y que ahora, cuando han leído u oído la noticia de unas afirmaciones de BXVI llenas de cordura, y de coherencia doctrinal con la auténtica posición católica sobre el preservativo y la sexualidad, llegan a insinuar, cuando no afirmar, que el Papa hubiera estado más guapo calladito.
Y es que creo que este es el sino de todos los fundamentalismos: u optan por la violencia cuando ven resquebrajarse el edificio doctrinal que han construido como refugio -más bien, bunker- y única salida, piensan, que podría lograr restablecer el imperio de la (su) verdad, o entran en estado de cisma, abierto o encriptado, justificándolo como necesaria reacción a la deserción doctrinal de los otros (aunque el desertor llegue a ser, como en este caso, el mismísimo Papa).
Tengo para mí que cualquier integrismo doctrinal, por más que muchos crean lo contrario, está en los antípodas del verdadero catolicismo. Éste es siempre abierto, comprensivo por misericordioso, universal, y por tanto, abierto y receptivo de la verdad venga de donde venga.
Es cierto que en la historia ha habido episodios más o menos prologados en los que posiciones integristas se han hecho fuertes y han dado la impresión de que esa cerrazón pertenecía a la esencia de la cosmovisión católica. El paso del tiempo, sin embargo, ha terminado siempre poniendo de relieve que lo genuino es lo contrario, y que el cerrilismo doctrinal -casi siempre revestido de fidelidad- no es sino una herejía contra la que hay que vacunarse porque tiene capacidad de contagio, y contra la que también hay que luchar sin descanso.
Pero déjenme que les diga que todavía mucho más que la reacción integrista a que me he referido, me ha divertido, llegando casi a provocarme un ataque de risa, la lectura de una noticia que daba cuenta de la "aprobación con matices" que brindaba a la mencionada posición del Papa, ese dechado de inteligencia y cultura, verdadero faro para la mujer de nuestros días, candidata al nobel de genética y embriología, llamada, como ya habrán ustedes adivinado, Bibiana Aído.
Sin minimizar la enorme gravedad de la crisis económica, sigo pensando que el absoluto crack cultural y espiritual que supone para un país soportar -sin rechistar y riéndoles las gracias- en puestos de la máxima responsabilidad a personajes como Bibiana, resulta, a la larga, de consecuencias mucho más graves.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Ecos de una visita. Perplejidades varias

Algunos amigos me han preguntado estos días si no pensaba dedicar por lo menos una entrada a comentar la visita del Papa. Yo mismo también me lo he preguntado y hasta este momento, como se ve, no me he decidido a tocar el tema. Ahora -"a balón pasado", como suele decirse- voy a referirme a algún aspecto, más o menos colateral, relacionado con esa visita.
He sufrido auténtica vergüenza ajena viendo el tratamiento informativo del evento desarrollado por determinados medios; más estupor me han causado algunos comentarios producidos "dentro de casa" a los que podríamos calificar de "fuego amigo" (bastante más fuego que amigo, desde luego). Destaca, entre ellos, la indignación realmente histérica de algunas católicas cualificadas (léase monjas, aunque no sólo) ante la desafortunada, por parcial, puesta en escena litúrgica de las religiosas que prepararon el altar en la celebración de la Sagrada Familia. Es este un asunto menor -relativamente menor- que demuestra a las claras el escaso cuidado de los organizadores que podrían haber evitado una imagen ciertamente poco edificante -insisto: por parcial- sencillamente haciendo que acompañaran a las religiosas que sirvieron al altar, por ejemplo, dos diáconos (varones), lo que hubiera evitado esa sensación visual de una iglesia que relega a la mujer al puesto de piadosa "fregatriz".
Mucho más graves me han parecido algunos comentarios sobre las palabras del Papa en el avión al referirse al clima anti-católico que se percibe hoy en España y que puede recordar al de los años 30. Lo que me sorprende y escandaliza de esos comentarios "amigos" es ver cómo interiorizan, supongo que sin darse cuenta, el discurso de nuestros auténticos adversarios haciendo exactamente lo que hacen ellos: sacar punta a un comentario poco feliz en la formulación pero irrefutable en el fondo.
Item más: si católicos altamente cualificados no tienen empacho en insinuar que la Iglesia en general y los obispos españoles en particular pretenden imponer a toda la sociedad su propia moral, no nos debe extrañar que a los pocos días el presidente Zapatero se descuelgue con unos alaridos, impropios de un animal racional tanto en el fondo como en la forma, preguntándose si no será que el Papa quiere legislar en España, para responderse, con vociferación aún más histérica, y arropado por los aplausos de un auditorio claramente analfabeto, que no; que aquí no manda el Papa, que quien manda es el Parlamento. Pues muy bien; ¿y cuándo ha sido de otra forma, ilustrísimo charlatán de mítines?
Repito: no me extraña lo que dice Zapatero; sí me deja atónito que lo den por bueno católicos con criterios habitualmente ponderados. Y más me extraña todavía que ese discurso grotesco -grotesco pero eficaz, como se ve- de ZP no tenga una respuesta contundente por parte de algún dirigente eclesial. Hay polémicas en las que es inevitable entrar por más que nos hastíen. De lo contrario, siempre, o casi siempre, vencerá la falacia revestida de democracia y libertad en estado puro.
Una excepción a esta ausencia de respuesta a la que me acabo de referir, ha sido un párrafo del artículo publicado ayer en La Razón por el cardenal Cañizares. Lo reproduzco como colofón de este largo post. Contundente, educado, suficientemente profundo y carente de agresividad. ¿Para cuándo un portavoz de la Iglesia con estas características? Es una urgencia inaplazable.

"La Iglesia no legisla en la sociedad; para eso están quienes tienen esta responsabilidad. Pero ofrece, no impone, lo que hará posible que las legislaciones no sean contrarias al hombre, sino en su favor siempre, y por eso lo que ofrece es garantía de convivencia, de fraternidad y de libertad segura y verdadera para el hombre. Ni el Papa, ni la Iglesia propugnan una sociedad confesional o sometida a sus dictados. Pero no se le puede negar el deber, y por tanto el derecho a afirmar a Dios, con todas sus consecuencias, con la certeza y garantía de que así sirve al hombre y afirma al hombre y le ofrece los fundamentos más radicales de fidelidad a su grandeza y dignidad de la persona humana, sobre la que se fundamenta el bien común, sin el que no habrá legislaciones justas y portadoras de paz y futuro".

lunes, 1 de noviembre de 2010

Bienvenidas y "malvenidas"

Con ocasión de la visita del Papa a Inglaterra, algunos ciudadanos de aquel país poco o nada simpatizantes de Joseph Ratzinger, hicieron notar públicamente su desagrado por la presencia en sus calles de tan -para ellos- nefasto personaje. Creo que hasta alquilaron los laterales de algunos autobuses para propagar su hostilidad. Estaban en su derecho, naturalmente. Que luego fracasaran quedándose más solos que la una es harina de otro costal (interesante costal, por cierto).
Como entre nosotros la originalidad no es precisamente la virtud o cualidad más sobresaliente, en Cataluña se han puesto en marcha una serie de grupos autodenominados laicos o laicistas -a los que curiosamente apoyan algunos católicos de lucidez más que mejorable- que andan propagando a diestro y siniestro anuncios y carteles de "malvenida" al Papa que visitará Barcelona dentro de unos días. Creo que en Galicia también se han gastado algunos el dinero en parecida publicidad. Todos ellos están en su derecho. Veremos a ver qué eco real tienen.
He encontrado ayer en ABC el suelto que reproduzco a continuación. Sólo puedo decir que lo comparto al cien por cien, y que, comparado con la propaganda de los oponentes, no tiene color. Juzguen mis lectores sobre el particular. Les deseo que lo disfruten tanto o más de lo que yo lo he hecho:

"Gregorio Luri, un navarro de letras y pensamiento que vive en Cataluña, ha dejado caer en su blog una oración laica, «Yo sí te espero», de bienvenida al Papa, que dice así:

«Yo sí te espero... por una simple cuestión de ecología cultural. Y por cada una de las iglesias de cada uno de los municipios catalanes y sus torres que anuncian los pueblos desde lejos. Y porque los que protestan contra ti lo hacen en nombre de la virtud bíblica de la probidad. Y por todos los cristianos anónimos que conozco y que hacen bien sin mirar a quién. Porque fui bautizado. Por esa iglesia de la calle Pere IV que tiene en la puerta la pintada “Alá es grande” sin que pase nada. Por las Bienaventuranzas, por el “Cántico espiritual”, por “Las Florecillas”... Y porque en las iglesias vacías aún es posible intuir el infinito. Por el Padre Nuestro. Por la santificación del pan y el vino. Y porque es mejor saber en lo que se cree que creer sin saber en qué. Por el “Noli me tangere” y todas y cada una de sus representaciones. Por el tañido de las campanas y cada uno de sus sones. Por la ermita de la montaña. Porque Él dijo que dos cristianos reunidos en Su nombre siempre son tres. Por la Virgen de mi pueblo. Por la fe de mis padres, que a veces me resulta inaprensible. Por un niño recién nacido en un pesebre. Por un Dios que teme a la muerte, y duda. Por todas las miserias de la Iglesia y sus pecados. Y por toda la gente sencilla que está esperando para verte.»

Muchos lectores se unen a su oración, y la completan: «Por la música sacra de Bach...» «Por el Réquiem de Mozart, por el Dies Irae del Réquiem de Verdi, por la catedral de Burgos, por la mitad de lo que es el mundo occidental...». En su viaje a Francia por septiembre de 2008, todo el mundo se hizo lenguas «del grado de pleitesía que a Benedicto XVI le han procurado los intelectuales y los filósofos franceses», con quienes disertó en París sobre la diferencia entre la «teología monástica» y la «teología escolástica», y muchos, como escribió Jean-Marie Colombani, ex director de «Le Monde», «fueron incapaces de seguirle». Francia sigue siendo el país de las condecoraciones y de los intelectuales, cuya admiración por el Papa (al fin y al cabo, «uno de los nuestros») es la admiración por el hombre que pasa por ser el último guardián de la cultura de Occidente, resumida en su discurso, pronunciado en 1992, al ingresar en la Académie des Ciences Morales y Politiques de France, sucediendo a Sajarov: «La Libertad, la Justicia y el Bien»."

domingo, 24 de octubre de 2010

Falsas y perniciosas nostalgias

Hace unos días, leí una información que me resultó curiosa por lo inesperada y me dejó perplejo y algo molesto. Se decía en ella que se había presentado un nuevo escudo papal en el que volvía a aparecer, encima de las llaves cruzadas, la célebre e histórica tiara sustituyendo a la más modesta pero no menos histórica mitra.
La tiara, como es sabido, es una triple corona que se convirtió en signo del poder supremo de los papas; por su parte, la mitra es el "sombrero" típico de los obispos que los identifica ante sus comunidades como pastores principales o eminentes.
A nadie se le escapa que volver a la tiara en el escudo del pontífice romano sugiere, de primeras, una posible voluntad de recuperación de signos y símbolos que el Concilio Vaticano II consideró desfasados con relación a la sensibilidad contemporánea, e inadecuados por cuanto casan mal con la necesaria sencillez y falta de boato que deben manifestar los pastores de la Iglesia en consonancia con un elemental espíritu evangélico. De ahí mi perplejidad y casi desasosiego al leer la noticia.
Afortunadamente me concedí una moratoria antes de comentarla negativamente, y si me animo a hacerlo hoy es porque he encontrado un comentario al respecto de mi amigo Antonio Pelayo en el que, con la maestría que le caracteriza, informa certeramente del asunto poniendo las cosas en su sitio, y avanza un poco más comentando con libertad y, lamentablemente, exactitud, algunos datos que parecerían confirmar efectivamente una cierta vuelta al boato y al gusto por el oropel en ámbitos eclesiales (o mejor: vaticanos o curiales en general) que estarían, al parecer, fomentando la nostalgia de un modelo eclesial, no ya poco evangélico, sino lo que es casi peor, pasado de moda, anacrónico, y pastoralmente contraproducente.
Reproduzco la magnífica columna de A. Pelayo publicada en el último número de la revista Vida Nueva.

"No han tenido mucho tiempo para regodearse los que en el fondo se alegraban de queBenedicto XVI hubiese recuperado la tiara (“imperial, autoritaria” según los críticos) en su escudo papal en vez de la mitra (“menos opulenta”, en opinión de los exegetas de heráldica vaticana). Fuentes autorizadas han aclarado que el escudo papal sigue como está y, de hecho, volvimos a verlo igual que siempre el domingo en la Plaza de San Pedro durante las canonizaciones. “Nada ha cambiado”, se nos ha dicho, y el tapete con el nuevo escudo regalado al Papa fue utilizado “una tantum”.

Es una noticia para alegrarse no tanto por la frustrada recuperación de la tiara, sino por el mantenimiento de una cierta sobriedad en las liturgias y protocolos vaticanos. Desde hace algún tiempo hemos asistido a un rebrote de puntillas, encajes, pedrería fina, etc. que parece escasamente concorde con la sencillez que debe rodear al Sucesor de Pedro, que no debe tampoco entenderse como una fingida pobreza, porque no es incompatible con la dignidad que debe revestir.

Fuera de la liturgia, y en lo que podríamos llamar “vida civil” de la Curia romana, resulta evidente que se han aflojado los criterios posconciliares de llevar un ritmo de vida sobrio y austero. No hay más que ver el parque automovilístico de algunos cardenales y monseñores para comprender que estamos muy lejos del Fiat 127 que Monseñor Benelli impuso al personal que trabajaba el servicio del Papa.

Sin fariseísmos, me parece razonable llamar la atención sobre lo que puede constituir piedra de escándalo, sobre todo en tiempos de crisis".

viernes, 15 de octubre de 2010

Las voces que hay que escuchar; la resistencia que hay que practicar

En medio de un revuelo político-mediático-social como el que estamos viviendo estos días, cuyo escaparate más llamativo ha sido, sin duda, el estallido de indignación ciudadana que, aunque no inédito ni mucho menos, ha sorprendido por su intensidad y, para algunos, "desenfreno", me encuentro nada más abrir el ordenador con un artículo -también (justamente) enfurecido- de Damian Ruiz en elmanifiesto.com que quiero compartir, extractado, con los lectores de este humilde blog, porque, a mi juicio, pone el dedo en una llaga que hasta ahora muchos no querían ver, y que les está haciendo salir de su "sueño dogmático", lamentablemente demasiado tarde.
Esa cierta incomodidad que se siente ante diatribas como ésta, creo que puede ser curativa si no nos quita la esperanza, y nos estimula a seguir practicando una "resistencia", activa o pasiva, a la espera de una regeneración o rehabilitación tan dolorosa como imprescindible; sin miedos, sin complejos, con la seguridad del cirujano que utiliza decidido el bisturí, o del rehabilitador que fuerza sin misericordia la extremidad entumecida para lograr que vuelva a ser útil.
Hoy celebra la Iglesia a santa Teresa de Ávila, mujer recia donde las haya que habló de tiempos recios y supo afrontarlos sin la blandenguería que algunos le habrían atribuído por su condición de monja.
Hoy los profetas que espabilan al pueblo tal vez no se encuentren -desgraciadamente- en conventos y monasterios; tenemos muchas veces que buscarlos en rincones de diarios y confidenciales, en columnas perdidas entre anuncios y crónicas sociales, en páginas web a lo mejor poco frecuentadas. Pero existir, existen; y siguen denunciando y oponiéndose al peor de los enemigos: la barbarie nihilista con rostro de progreso humanista, el totalitarismo disfrazado de retórica democrática.
Queda escucharlos y tratar de hacerles caso con creativa perseverancia.
Espero que disfruten el extracto:

"La progresía, que no la izquierda defensora de los justos derechos de los trabajadores, nos ha llevado hasta aquí, hasta la ansiedad de los jóvenes, el abandono de los mayores y la desmoralización de grandes capas de la población. Lo que en su día fue un respiro de libertad se ha transformado en la creación de castas parasitarias que viven del dinero público pregonando el estúpido y perverso “buenismo” que ha destrozado las estructuras sociales convirtiendo una sociedad abierta como defendía Karl Popper, y con la que estoy de acuerdo, en un terreno baldío liderado por imbéciles desestructuradores de psiques y facilitadores de la demolición total del espíritu y de la identidad occidental (¿Qué es si no, por ejemplo, la asignatura “Educación para la ciudadanía”?).

Esta gente, que ha sido una especie de metástasis cancerígena para Europa, todavía vive con la sensación de superioridad moral y ética, y se permiten considerarse los árbitros y moduladores de las sociedades equilibradas y justas. Ellos que han llevado a la descomposición familiar, al aumento del consumo de drogas, a la desamortización de la idea de pertenencia y al nihilismo narcisista a una gran parte de la población, que han arruinado a pequeñas y medianas empresas en pos de sus despilfarros clientelistas, ellos son los que diferencian el bien del mal y los que se atribuyen el criterio sobre lo que es correcto y lo que no.

Es evidente que la mayoría no queremos una vuelta atrás en determinadas libertades ni vivir bajo el dominio asfixiante de ningún dogma religioso llevado al extremo, no solo eso, sino que deseamos que nos dejen en paz en nuestras vidas personales para que las podamos dirigir a nuestra cuenta y riesgo. Pero sí que queremos una sociedad institucionalmente ordenada, propia, fuerte y con políticos al servicio de los ciudadanos y no de sus personales demagogias ni de sus miles de cortesanos. Y además, queremos una sociedad que respete nuestros valores, nuestra historia y nuestra identidad."

lunes, 4 de octubre de 2010

Un editorial vaticano que acierte en el fondo y sobre todo en la forma

El Centro Televisivo Vaticano produce un semanario llamado "Octava Dies" en el que el otro día su director, el padre Federico Lombardi , ofreció en forma de editorial, aunque redactado en primera persona, un alegato contra la pena de muerte que me ha gustado especialmente por su claridad, concisión, y sobriedad; cualidades estas que, a decir verdad, no siempre adornan el lenguaje de los comunicados y documentos producidos en el entorno del Vaticano, y que, desde luego, brillan por su ausencia en los que nos vienen habitualmente de nuestro episcopado.
El padre Federico Lombardi, nombrado por BXVI para dirigir todo el aparato informativo de la Santa Sede en sustitución de Navarro Valls, es un jesuita cuyo porte exterior no desmerece en absoluto de la imagen clásica del hijo de San Ignacio de toda la vida: sólido, intelectualmente elegante, sobrio, con el brillo imprescindible para no resultar vulgar, y la dosis correcta de astucia, acompañado todo ello de una preparación de fondo que desarma o, al menos, alerta al posible adversario.
No se si el balance de su gestión de estos años de pontificado merece una evaluación positiva desde el punto de vista de los profesionales de la materia, pero confieso que a mi me gusta su estilo, y su preparación me aporta tranquilidad.
Pues aquí tienen ese pronunciamiento -suyo en la forma, pero indudablemente de instancias "superiores" en el fondo- sobre la pena de muerte. Me extrañaría mucho, y siento decirlo, que se hiciera eco de él cualquier medio de comunicación de nuestros pagos.

"(La pena de muerte) no la quiero ni en China, ni en Irán, ni en los Estados Unidos, ni en India, ni en Indonesia, ni en Arabia Saudí, ni en ninguna parte del mundo".

"No la quiero por lapidación ni por fusilamiento, ni por decapitación, ni mediante la horca, la silla eléctrica, ni por inyección letal. No la quiero dolorosa o sin dolor. No la quiero en público, ni en secreto".

"No la quiero para las mujeres, ni para los hombres; no para los minusválidos, ni para los sanos. No la quiero para los civiles, ni para los militares; no la quiero ni en paz, ni en guerra. No la quiero para quien puede ser inocente, pero tampoco la quiero para los reos confesos.No la quiero para los homosexuales. No la quiero para las adúlteras. No la quiero para nadie".

"No la quiero ni siquiera para los asesinos, para los mafiosos, para los traidores y para los tiranos. No la quiero por venganza, ni para liberarnos de prisioneros incómodos o costosos, y ni siquiera por presunta misericordia".

"Porque busco una justicia más grande. Y es bueno caminar por este camino para afirmar cada vez más, a favor de todos, la dignidad de la persona y de la vida humana, de la cual no somos nosotros quienes disponemos".

Como dice el Catecismo de la Iglesia católica citando a Juan Pablo II, hoy para los estados, los casos en los que pudiera ser absolutamente necesario suprimir al reo "son prácticamente inexistentes".

Por ello: "Hagamos que sean inexistentes. Es mejor".



domingo, 3 de octubre de 2010

Algunas sorpresas que dan que pensar

No es la primera vez -y sospecho que no será la última- que comparto con los lectores de este modesto blog una información que encuentro en la página "La Iglesia en la prensa".
En esta ocasión he encontrado allí algo que me ha llenado de alegría.
Por lo que nos dice su blogger JM. Contreras, se ha estrenado en Francia una película sobre la peripecia de siete monjes trapenses que fueron brutalmente asesinados en Argelia a manos de fundamentalistas en 1996.
Ya es llamativo que alguien haya tenido el valor de adentrarse en el tema y llevarlo a la pantalla "con la que está cayendo" en Europa en muchas de cuyas sociedades altamente sofisticadas en lo que a planteamientos laicistas se refiere, cualquier referencia a temas relacionados con la religión en general y con el cristianismo en particular, provoca erupciones alérgicas que resulta preferible evitar preventivamente.
Pero mucho más espectacular todavía resulta que, una vez producida y presentada (por lo visto, nada menos que en Cannes, eso me ha parecido entender), la película haya cosechado -y siga haciéndolo- un éxito que deja boquiabiertos a los responsables de Le Monde, los cuales, por lo visto, no son capaces de explicarse el éxito creciente del film que terminan atribuyendo a una movilización de los católicos que estarían cerrando filas en torno a "su causa", tratando de rescatarla de la inevitable extinción a la que está sometida, se supone que por imperativo de la Historia.
He aquí la información. Después haré un pequeño comentario a modo de apostilla:

LA SORPRESA DE “LE MONDE”

"El diario francés Le Monde muestra una gran sorpresa al constatar el triunfo de taquilla de una película que trata de siete monjes franceses. No le falta razón al diario parisino, pues en “Des hommes et des dieux”, de Xavier Beauvois, no revientan helicópteros ni se incendian gasolineras… Es una película lenta, con pausas, narrada en forma sencilla, sobre los siete monjes asesinados en Algeria en 1996. No se trata de la historia de la tragedia, sino de una reflexión sobre las razones que les llevaron a permanecer en el monasterio a pesar de las amenazas.
El diario informa de que la película fue distribuida en 256 cines de Francia. En la primera semana ocupó el primer puesto en el box office (468 mil espectadores), por encima de “Salt” o “Inception”. Visto el éxito, en la segunda semana los cines fueron 424 (y los espectadores 481 mil). Hoy los cines que ofrecen el film son 464. Aumentar tres veces el número de cines no es normal para una película de este tipo. Las perspectivas son muy alentadoras: después de haber triunfado en Cannes, el film será un buen candidato a los premios “Cesar” franceses y representará a Francia en los Oscar.
Pero ya se sabe que el éxito de crítica (Cannes) no garantiza el éxito de público. En este caso, parece que la clave está siendo –según Le Monde- el “público católico”, que va poco al cine pero que se está movilizando en este caso. En opinión de un eclesiástico citado por el periódico, “la película plantea preguntas críticas sobre el sentido de la vida, la fraternidad, las relaciones con el Islam. Creyentes y no creyentes se sienten interpelados por un film que tiene diversos niveles de lectura”.

Pues bien, mi apostilla iría en esta dirección: creo que es posible ver, sin cerrar los ojos a la necesaria objetividad, una serie de indicios que apuntarían en la misma dirección: el cacareado laicismo de nuestras sociedades, que autoridades y medios de comunicación esgrimen dando por supuesto su profundo y extenso calado, tal vez deba reducirse a dimensiones mucho más modestas.

Resulta que todo el Reino Unido que, según los voceros inapelables de la información, iba a dispensar al Papa de Roma una acogida gélida, ha terminado reconociendo en el octogenario pontífice a un huésped amable, sencillo, y, sobre todo, portador de un mensaje profundo y capaz de plantear interrogantes nada banales y más que útiles para el desarrollo y felicidad de una sociedad problemática...

Resulta que una película como El Gran Silencio que narra durante dos horas la vida de una cartuja, y en la que no se pronuncia una sola palabra, alcanza un éxito descomunal allá donde se proyecta.

Resulta (ahora) que esta otra película de temática netamente religiosa y filosófica corre una suerte parecida...

Resulta que la gente "normal" con la que uno se encuentra en el trato diario, no parece manifestar habitualmente excesiva hostilidad hacia lo religioso, lo que no impide, naturalmente, que practique un sano espíritu crítico frente a tantas y tantas imperfecciones de las personas representativas de las instituciones religiosas, y frente a defectos estructurales de las mismas...

Empiezo a preguntarme ante indicadores como los que acabo de sugerir: ¿no estaremos ante una auténtica inflación mediática que deforma al alza datos reales de laicismo social, dirimiendo sin apelación, unilateral y sumarísimamente, un conflicto mucho más complejo que lo que sus crónicas y presentaciones sugieren?

Creo que preguntas críticas como ésta empiezan a ser más que pertinentes. Sería muy triste que los creyentes volviéramos, una vez más, a morder como pardillos el anzuelo de camelos revestidos de dogmatismo sociológico.