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jueves, 12 de agosto de 2010

La edad de la primera comunión de los niños

No pensaba dedicarle -al menos de momento- un post porque, aunque pueda no parecerlo, se trata de un tema mayor y el mes de agosto se presta más a asuntos secundarios o anecdóticos. Sin embargo, veo que El País de hoy le dedica una información (bastante equilibrada -cosa rara- aunque el tema se prestaba a todo tipo de deformaciones) y eso quiere decir que pronto estará en otros medios, y también, desde luego, en boca de más ciudadanos de lo que podríamos imaginar como conversación y debate debajo de la sombrilla playera (la noticia ya había sido publicada pero en medios especializados).
Es el caso que nuestro compatriota el cardenal Cañizares se ha descolgado con artículo en L'Osservatore Romano reivindicando como muy conveniente un adelanto de la edad de la primera comunión de los niños: hoy está en torno a los nueve años, y sería ideal, según nuestro cardenal, que se adelantara, por ejemplo, a los siete (Cañizares no concreta el guarismo pero se deduce de su reflexión que consideraría mejor los siete -e incluso antes- que lo que se viene haciendo ahora).
El cardenal, que no debemos olvidar es Prefecto de la Congregación para el Culto y los Sacramentos en la Curia romana, escribe en el centenario de un decreto de san Pio X que consideró necesario reformar la práctica pastoral entonces vigente que situaba el acceso a la primera comunión a los doce años, adelantándola a lo que él llamaba la edad del discernimiento cuyo principal indicador era que el niño tuviera capacidad mental para distinguir el pan ordinario de ese otro pan "especial" que le ofrece la Iglesia en el sacramento.
He dicho que el asunto no es menor y lo reitero. Implica toda una concepción teológica de lo que es la Iglesia, de lo que son los sacramentos, de cómo se accede a la vida cristiana, de cómo "está el patio" de nuestra infancia desde el punto de vista de la psicología evolutiva y de la madurez, digamos, religiosa de los niños, sin olvidar toda la dimensión sociológica que atañe a la implantación de la Iglesia en una sociedad secularizada en la que viven los padres de los niños candidatos a comulgar por primera vez, etc., etc.
Voy a tratar de hacer un esfuerzo de síntesis para decir lo que, desde mi punto de vista, es esencial en este asunto, pero necesito para ello más de un post. Así, tal vez, puedo darle además algo de suspense a mis entradas.
No obstante, y para empezar, con todo mi respeto y cariño al cardenal Cañizares, debo decir que su toma de posición me parece un despropósito desde el punto de vista teológico, pastoral y sociológico. Su argumentación (?) es extraordinariamente endeble, y además, toda su posición está llamada a crear una gran confusión y desánimo pastoral que es lo que nos faltaba...
Continuará.

lunes, 9 de agosto de 2010

No podía ser así...

El comentario de mi anterior post sobre el cobro de una tasa para acceder a los actos de la visita del Papa a Inglaterra, lo hice tras leer la información en el diario francés La-Croix. Me extrañaba no ver la reseña en periódicos nacionales, pero mi extrañeza duró poco porque a las pocas horas fui viendo referencias al asunto en numerosos periódicos y páginas web.
El tono de los comentarios se movía entre el escándalo y la burla, sin faltar el aprovechamiento de la oportunidad para meter el rejón a fondo.
Curiosamente, ninguna de estas hispanas informaciones -bastante posteriores a la del periódico francés- se hacía eco del desmentido formal emitido por la organización oficial del viaje en el Reino Unido. Empezaré comentando esto último.
Me parecía extrañísimo que, de no ser cierta la noticia, los responsables ingleses del evento no clarificaran, mediante el correspondiente comunicado, el asunto. Lo hicieron, sí, pero confieso que, tal vez por el legendario temperamento inglés -la famosa flema-, el lector del desmentido quedaba con la impresión de que, si bien reconocían que la noticia no era cierta en esos términos, tampoco les parecía que la cosa fuera para tanto. En realidad, venían a decir, se trataba de un malentendido: a nadie se le cobraría por acceder a los papales actos, pero a los peregrinos se les dotaría de un material bastante completo que les ayudara a acompañar al ilustre visitante, material que evidentemente, se daba por supuesto, no sería -ni tendría por qué ser- gratuito, con lo que podría convertirse en fuente de ayuda a la financiación del acontecimiento.
Los comentarios en nuestros medios nacionales hacían todos honor a su origen: como he dicho, desde la burla hasta el ataque. Jamás un intento de aproximación serio al fondo de la cuestión. Lamentablemente, entre nosotros sigue siendo imposible, por lo que se ve, acercarse al quehacer de la Iglesia, no ya con respeto, sino con cierta profundidad en el análisis. En general, nuestra prensa sigue en estos temas al nivel de los adolescentes y de la gente iletrada que, cuando sale un tema religioso, sea el que sea, derivan sistemática e inequívocamente a la misma cuestión:
--"Bien, bien, todo eso de Dios y del mal en el mundo está muy bien, pero, ¿y las riquezas del Vaticano, qué? ¿Qué me dice usted de eso?"
No nos engañemos: seguimos a este nivel, y me temo que por mucho tiempo. Los medios de comunicación, con excepciones, parecen haberse rendido al dios de la trivialidad, dando por supuesto que esa es la demanda de la gente. Tal vez sea así, aunque cuesta creerlo.
Volviendo a nuestro asunto: no se cobrará por ir a ver al Papa o por acudir a la misa que celebre. Buena noticia. Pero el problema sigue en pie: ¿qué hacemos los católicos con los gastos de este y de acontecimientos religiosos similares? No sería poco que estos malentendidos que ahora comentamos nos obligaran a instalarnos definitivamente en una transparencia acompañada de buenas dosis de imaginación.

viernes, 6 de agosto de 2010

Los viajes del Papa, como es lógico, no salen gratis

Leo hoy en La-Croix que el acceso a las celebraciones que tendrán lugar el próximo mes de septiembre en Inglaterra con el Papa como protagonista, no será gratuito sino de pago.
Con una tarifa de aproximadamente 20 euros para las misas, y algo más barata para otro tipo de encuentros, los obispos de Inglaterra y Gales quieren sufragar -al menos en parte- los costos de una visita que, a otros aspectos polémicos (no está el horno para bollos con el catolicismo), añade el escándalo de no pocos ante lo que consideran un dispendio económico que debe sufragar, sobre todo, el Estado, ya que es la Reina quien invita.
Por lo visto, en los años 80 el viaje de Juan Pablo II dejó las arcas de la Iglesia Católica de Inglaterra bajo mínimos, con un endeudamiento que duró bastantes años.
A cualquier sensibilidad religiosa mínimamente cultivada, la noticia de que para asistir a la misa celebrada por el Papa haya que pagar un ticket como si de un encuentro deportivo se tratara, le resulta molesta y desasosegante.
Uno piensa inmediatamente: no es -o, al menos, no debería ser- ese el camino; debe haber otros cauces menos chirriantes para obtener legítimamente, al menos una ayuda para lo que es un gasto objetivo muy considerable (el costo de la vista a Inglaterra, según La-Croix, alcanzaría unos 26 millones de euros) que a una sociedad en la que no faltan quienes abominan del visitante y de lo que representa, termina pareciéndole intolerable.
Insinúa la información del diario francés que los obispos del Reino Unido habrían sugerido la posibilidad de pedir a cada católico la aportación de una libra para este menester, y, aunque no queda claro en el reportaje, la impresión que se obtiene es de que la fórmula no ha tenido éxito.
En la Iglesia, guste o no, tenemos un problema con el dinero. Desde los que con una visión falsamente "franciscana" piensan que todo contacto con el vil metal envilece a los discípulos de Cristo, y que, por tanto, la única Iglesia creíble sería la que, despojada de todo, renuncia a cualquier iniciativa que exija dinero y financiación, hasta los que entienden que sólo entrando en las redes reales de la sociedad y aceptando el salpicado de la suciedad del dinero, podrá la Iglesia hacer algo por difundir el mensaje del evangelio en el mundo real, no acabamos de encontrar el "punto" de equilibrio que nos permita, al modo evangélico, estar en el mundo (es decir, en los gastos y los ingresos, en los préstamos y las inversiones), sin ser del mundo (es decir, sin rendirse ante la fascinación del dios metal y terminar rindiéndole pleitesía).
La dificultad es enorme; casi insuperable. Tal vez lo más importante sea ir aprendiendo de las nuevas circunstancias, alimentar más y mejor la imaginación para ensayar sistemas algo más originales que el del ticket de taquilla, renunciar a planteamientos faraónicos que a muchos siguen encandilando (como si los viajes del Papa fueran la salvación de los pueblos), y concienciar a los católicos de que lo que es de todos debe sufragarse entre todos.
Dicho en corto y por derecho: el que quiera Iglesia, que la pague; el que quiera viajes papales, que contribuya a financiarlos.

lunes, 2 de agosto de 2010

Homilías: dos enfoques

El pasado sábado celebró toda la Iglesia la memoria de Ignacio de Loyola, santo del que están particularmente orgullosos, y con razón, sus paisanos vascos en general y guipuzcoanos en particular.
Todos los años hay gran fiesta ese día en Azpeitia, y no digamos en su histórico barrio de Loiola; al santuario acuden numerosísimos fieles, la comunidad de jesuitas en pleno, y algunas autoridades civiles con esa mezcla de satisfacción y de mala conciencia por aquello del laicismo que hasta los históricos meapilas que en Vasconia han vivido permanentemente a las faldas de los clérigos, se ven obligados a fingir para que no diga la gente.
Ningún año falta a la cita el obispo de la diócesis que preside la celebración eucarística y pronuncia una homilía que todos oyen con especial atención, ya que se supone que en ella el prelado aprovecha para subrayar aspectos que considera fundamentales en la marcha de su iglesia guipuzcoana.
Todos estos años, marcados por una situación política y social envenenada por el terrorismo de Eta, el día de San Ignacio se esperaba con auténtica expectación la alocución del obispo, y al día siguiente se le dedicaban no pocos comentarios, elogiosos o críticos, según fuera el color político del comentarista; es decir, se consideraba que la homilía del prelado era -y, atención: sobre todo, debía ser, según algunos- una pieza política en la que el pastor diocesano debía dejar entrever el juicio de la iglesia sobre los consabidos e interminables problemas provocados por el cáncer terrorista: el "conflicto" vasco, los derechos de los pueblos a ser ellos mismos (eufemismo para referirse a la autodeterminación); condena de toda violencia, incluída la de Eta, por más que ésta se produzca en un lamentable marco de desencuentro histórico entre hermanos; petición de generosidad para con los presos etarras (y sus familiares) cuyo acercamiento se postularía exclusivamente por razones humanitarias, etc., etc.
Pues bien, este año se ha repetido la historia con una más que llamativa excepción. El nuevo obispo de San Sebastián, Mons. Munilla, acudía por primera vez a la fiesta del ilustre fundador de los jesuítas, pronunciaba su homilía, y en ella no encontramos una sola palabra ni alusión directa o indirecta a esa temática sociopolítica a que me acabo de referir que años atrás hacía las delicias de los comentaristas.
Pero eso sí, en ella encontramos, sin embargo, un discurso coherente y sistemático sobre la figura de San Ignacio como modelo de búsqueda de Dios, de conversión a su voluntad y de vaciamiento propio para hacer con su vida lo que su Señor creyera más conveniente. Una reivindicación de la autocrítica (equivalente semántico del célebre examen de conciencia ignaciano), del discernimiento de la voluntad de Dios sobre nuestras vidas, y, sobre todo, de la santidad como vocación irrenunciable de todo bautizado.
Tengo la impresión de que este discurso de Munilla no ha suscitado ninguno de esos comentarios que hacían correr la tinta otros años, al menos yo no los he visto. Pero me sospecho -y me encantaría equivocarme- que en las filas de gran parte del clero y de muchos laicos de esos que se suelen llamar "comprometidos", la homilía habrá parecido espiritualista y desencarnada, con poco fuste evangélico, demasiado "confesional", tópica y algo santurrona.
A mí, literariamente no me ha parecido gran cosa, pero su contenido -y eso es lo que importa- creo que señala el camino de la verdadera predicación; porque los análisis sociopolíticos, muy necesarios, sin duda, se deben hacer habitualmente en otros foros, y sus protagonistas deben ser, por norma general, los laicos. ¿O es que sólo es voz de la iglesia la de los obispos? A ver si va a resultar que de lo único que no se le oiga hablar al Obispo en las grandes solemnidades sea de Dios y de su exigencia irrevocable de obediencia en la fe.

viernes, 30 de julio de 2010

Israel y Gaza: ¿buenos y malos?

En mi reciente viaje a Israel-Palestina-Tierra Santa, he realizado el circuito que podríamos llamar "clásico", o ruta del peregrino. Desde el punto de vista religioso, resulta sumamente completo (y aconsejable); sociológicamente, cabe traerse ciertas experiencias elementales que no dejan de tener interés, pero que no conviene considerar como definitivas para el conocimiento de una sociedad tan compleja y sumida, ciertamente, en un conflicto interminable.
Estos circuitos, sin embargo, le dejan a uno con las ganas de conocer, si quiera, algo de esa realidad misteriosa, social y políticamente hablando, que es el pueblo palestino. Lo que se ve, o lo que te dejan ver, es claramente insuficiente para formular un juicio; la tentación del simplismo condenatorio de unos o de otros es grande, y raro es el que no deja escapar alguna sandez propia de barra de bar.
Pero a donde nadie va en estos viajes, que yo sepa al menos, y es muy comprensible, es a la célebre Franja de Gaza, baluarte de los palestinos y "cortijo" de los de Hamás, a los que confieso que profeso nula admiración.
Últimamente, se produjo un grave incidente de carácter internacional en el que la contundente intervención del ejército de Israel abortó lo que para ellos era una peligrosa infiltración filo-terrorista disfrazada de ayuda humanitaria, y para los otros, la enésima manifestación de la barbarie judía siempre dispuesta a masacrar a los débiles.
La imagen que se transmite en Europa de la situación en Gaza es la de una población prácticamente en las últimas debido al comportamiento judío que, sin contemplaciones humanitarias, habría convertido a la pobre franja -mínimo respiradero de la dignidad palestina- en un campo de concentración de refugiados.
Pues bien, hoy me encuentro en el ABC un artículo sobre el particular firmado por Bardají al que considero suficiente conocedor de la materia, lo que yo ciertamente no soy. A mí me ha resultado clarificador; por eso, me permito reproducirlo para mis lectores, sospechando que, tal vez, suscite debate, lo cual sería algo muy bueno. Ahí va:

"En su primera visita oficial a Turquía el primer ministro británico ha calificado a Gaza de «campo de prisioneros» a la vez que denunciaba el asalto a la flotilla turca por soldados israelíes de suceso «totalmente inaceptable». No sabemos las motivaciones de Cameron, tal vez acercarse a un emergente mercado energético tras el fiasco de BP en el Golfo, o simplemente resultar complaciente con sus anfitriones de Ankara. Pero está muy equivocado.
Primero, Gaza no es un campo de concentración y si lo fuera sería culpa de sus propios dirigentes,los terroristas de Hamás. Contrariamente a lo que se pinta en los medios gracias a un detallado esfuerzo de propaganda antiisraelí, en Gaza no se está fraguando ninguna crisis humanitaria. Hace unos meses se inauguró una piscina olímpica (aunque con separación estricta de sexos) y la semana pasada se celebró por todo lo alto la apertura del primer centro comercial. Es más, cabe recordarle a David Cameron, que el nivel de vida en Gaza, según las estadísticas de la ONU, es superior al de Turquía.
Segundo, no debe olvidar que Hamás e Israel están en un estado de guerra y no porque Israel lo haya querido, sino porque la organización palestina sigue fiel a su objetivo de borrar del mapa al estado judío.
Cameron tiene el derecho a expresar sus opiniones, pero no a ser discriminatorio con ellas. Así como se critica a Hillary Clinton cuando se «olvida» del Tíbet o de los derechos humanos cuando viaja a China, es más que lícito criticar al dirigente británico cuando juega a criticar a Israel y calla todos los abusos cometidos por el régimen islamizante de Erdogan. Desde las invasiones de Irak para castigar a los kurdos, a la represión de la oposición, pasando por armar una flotilla cuyo objetivo era generar un enfrentamiento. Para representar un país que tanto ha recurrido al bloqueo naval, desde las guerras contra Napoleón hasta la de las Malvinas, Cameron tiene una memoria muy selectiva".

domingo, 25 de julio de 2010

Hablar con Dios ante el Muro

Estaba hace pocos días en la plaza -llamémosla así- que desemboca en el Muro de las Lamentaciones (o de los Lamentos) al que yo, sin embargo, preferiría llamar de la oración desenfrenada o desbocada pero siempre esperanzada; compulsiva y aparentemente espasmódica, pero siempre entregada a ese largo plazo de un Dios que juega a manifestarse y esconderse en la Historia de los hombres.
Estaba allí y me disponía a avanzar unos pasos para unirme respetuosamente a cuantos en ese momento se dirigían al Silencio esencial, el de verdad, el único que puede hablar perforando la contundencia de una piedra-muro milenaria y lo hace desconcertando a propios y extraños.
Estaba allí, alegre y emocionado...y me contaron un chiste: un relato divertido e inocente que logra expresar en pocas palabras y con calidad "pictórica" lo que tendemos a decir envuelto en palabras graves, con ínfulas de filósofos de la historia.
Disfrutadlo:

"Acudió el presidente de Israel Simon Peres a visitar a su homónimo estadounidense Obama en su residencia de la Casa Blanca. Tras un rato de conversación, el presidente judío pidió al americano que le permitiera usar su teléfono especial porque quería hablar con Dios. Obama accedió encantado y Peres pudo hablar reservadamente con Dios durante unos cuantos minutos.
Al terminar la conferencia, un educadísimo Peres preguntó a Obama:
-Dígame, Presidente, cuál es el coste de mi llamada porque no me parece bien cargarlo a las arcas de EE.UU. menos en tiempos de crisis.
Obama, un tanto azarado, respondió:
-Bien, amigo Simon, el precio de la conferencia es de mil dolares.
El presidente israelí pagó religiosamente su conferencia y prosiguió con normalidad su visita de estado.
Meses después, el presidente Obama devolvió la visita a Peres. En un momento dado, y ante la sorpresa de su anfitrión, le pidió, como éste hiciera en Washington, el teléfono especial porque también él quería hablar con Dios desde Jerusalem.
-Está a su disposición, Mr. Obama, dijo sonriente Simon Peres.
El presidente yanki habló por teléfono durante cerca de una hora. Terminada la comunicación, pidió a Peres que le dijera con sinceridad el importe de la misma, a lo que el israelí respondió:
-Medio dolar, Presidente.
-¿Cómo es posible? ¡He estado hablando con Dios casi una hora! No entiendo que sea tan barato.
Sin perder la calma, Peres le replicó:
-No olvides una cosa Barack: desde aquí, es llamada local".

Efectivamente, en Jerusalem, y más concretamente frente al muro, hablar con Dios se sustancia con tarifa super-reducida: como una llamada local.


viernes, 23 de julio de 2010

Jerusalem, siempre Jerusalem

Llegues a la hora que llegues, entres por la puerta o el rincón que más convenga; aun si lo haces rendido de cansancio, o con el ánimo a ras de suelo, la entrada en Jerusalem imprime carácter. Algo se pega para siempre a la retina de unos ojos atónitos ante tanta belleza inesperada y gratuita; algo empieza a merodear por el espíritu, como queriendo pulsar resortes existentes pero tal vez entumecidos...
Sí, Jerusalem, la ciudad tres y mil veces santa, provoca en el visitante -sobre todo, en el visitante primerizo- una especie de "efecto-abducción" que traslada al visitante a los confines de lo sagrado, incluso cuando "eso sagrado" parece tan distante como irreal.
A nadie puede extrañar que la Ciudad de la Paz haya sido y siga siendo ciudad de la discordia; el amor posesivo -humano, demasiado humano- no ha llegado todavía a aceptar, y ni siquiera a comprender, que sólo desde el desprendimiento y la generosidad, será posible un día recuperar a quien es, sin duda, objeto de un amor loco, como posesión no egoísta al servicio de la humanidad toda, como símbolo supremo de la victoria sobre la dualidad separadora, es decir, "dia-bólica".
Una cosa tengo clara: si mis circunstancias vitales me lo permitieran, cada año rendiría visita a este prodigio de ciudad, capaz como ninguna de evocar el sueño de Dios sobre la humanidad, sin enmascararlo en idilios o mitologías que le pudieran privar de esa mundanidad variopinta y fascinante que permite comprender aquello de que entre los pucheros anda Dios.
Se entiende perfectamente el saludo tan entrañable de los judíos de la diáspora: "el año que viene en Jerusalem". Pues lo hago mío desde ahora mismo, y, por si acaso, empiezo ya a ahorrar.

martes, 20 de julio de 2010

No somos máquinas

Reconozco que me cuesta volver a arrancar. Como en cualquier otra actividad, en esto de la escritura, la pérdida de ritmo condiciona no poco la buena marcha del "producto" final.
Lo mejor de esta sencilla y hasta vulgar constatación es que nos hace conscientes de que no somos máquinas. En efecto, recién vuelto de un viaje a Tierra Santa al que me referiré más de una vez en próximas entradas, mi ordenador obedeció sin rechistar a la orden que le dí de ponerse en marcha cuando apreté el botón correspondiente. Yo no tengo botones, ni "dueños" que quisieran apretarlos.
¡Qué interesante sería que aplicáramos siempre esta elemental experiencia de cada día al ámbito del comportamiento propio y ajeno, del crecimiento personal, y muy especialmente al complejo mundo de la educación! No; no somos máquinas.
Nos cuesta "re-iniciar" la marcha; perdemos el hilo de nuestra peripecia vital con un simple parón en nuestra rutina de cada día. Nos influyen las condiciones atmosféricas a las que convertimos en enorme coartada de nuestra pereza: por ejemplo, el calor que aquí me sirve de justificación para un dulce no hacer nada, no me impedía hace a penas dos semanas callejear por la ciudad vieja de Jerusalem, acercarme al Mar Muerto, entrar y salir de ciudades y pueblos agobiados por un termómetro inmisericorde.
Sólo se me ocurre una receta: paciencia; paciencia con uno mismo y, sobre todo, con los demás. Pero siempre unida a la perseverancia, al entrenamiento, a la secreta disciplina que con frecuencia sugiere "agere contra", es decir, hacerse violencia, esforzarse..., en una palabra, aceptar la condición humana que nos configura y nos dignifica.
Pensaba haber re-comenzado el blog con una evocación de mi viaje a Jerusalem y, sin embargo, se me ha impuesto una meditación para explicarme, y explicar a mis posibles lectores, el por qué de mi pereza. Pues ya está: no somos máquinas...gracias a Dios.

sábado, 3 de julio de 2010

Modelo de diálogo eclesial "desde arriba"

Una de las acusaciones que con mayor frecuencia hacen los llamados o conocidos como "cristianos de base" a los dirigentes de la Iglesia, es decir, a los obispos, es su escasa capacidad de diálogo. Estos pastores, según la acusación, estarían enfeudados en su pequeño mundo y serían incapaces de escuchar la voz de la sociedad real, representada por corrientes culturales discrepantes habitualmente del pensamiento oficial católico, o por católicos críticos seriamente preocupados por el escaso espíritu evangélico de la jerarquía, etc., etc.
Esta forma de pensar se materializa no pocas veces en escritos colectivos firmados por grupos e individuos que dicen representar a otros muchos creyentes desencantados ante las posiciones claramente reaccionarias de la inmensa mayoría de los dirigentes. La verdad es que este tipo de manifiestos tiene una repercusión más bien escasa, a no ser que cuenten con el altavoz de esos medios de comunicación para los que cualquier ataque a la Iglesia es siempre bienvenido diga lo que diga, y se trate de lo que se trate.
Más preocupantes, y de mayor calado, son las declaraciones fuertemente críticas salidas de la pluma de algunos teólogos que no se muerden la lengua al hacer sus diagnósticos sobre los males del catolicismo contemporáneo, señalar sus causas (casi siempre personalizadas en los obispos), y sugerir los tratamientos adecuados.
Pues bien, hace unos días, el arzobispo de Tanger, que es un franciscano de apellido Agrelo, ha desmentido esa acusación de falta de diálogo, y ha respondido, de una tacada, a tres ilustres críticos, González Faus, Masiá y Díez Alegría, con una reflexión verdaderamente admirable y exenta de cualquier agresividad, al tiempo que llena de auténtico espíritu cristiano, eclesial y franciscano. No me resisto a compartirla, y a pesar de su longitud la publico íntegra, sin que haga falta decir que me identifico plenamente con su contenido.

"Lo dijo mi admirado José Ignacio González Faus: "La Iglesia nombra hoy a sus obispos en contra del evangelio". Por su parte, Juan Masiá, también jesuita, declaró en una entrevista: "La Iglesia tiene miedo a la mujer, a la ciencia, a los periodistas, a la modernidad, a la sexualidad".

Y a José María Díaz Alegría, hombre que quiso ser de Dios y de los pobres, un amigo suyo le atribuye las inequívocas palabras de este juicio: "Pienso que la Iglesia católica en su conjunto ha traicionado a Jesús. Esta Iglesia no es lo que Jesús quiso, sino lo que han querido a lo largo de la historia los poderosos del mundo".

No seré yo quien contradiga ni a quienes admiro, ni a quienes apenas conozco. Sus razones tendrán para pensar lo que piensan y decir lo que dicen; y a ellos toca asumir la responsabilidad de los juicios que pronuncian.

He de decirles, sin embargo, como quien confiesa una debilidad, que sus juicios sobre la Iglesia me hieren y me duelen, pues cada vez que ellos dicen Iglesia y la envuelven en los paños del miedo al mundo y de la traición a Jesús y al evangelio, yo veo la comunidad humilde que me acogió para bautizarme, la que me acompañó el día de la unción con el Espíritu, la que me preparó para la comunión eucarística, la que hizo una fiesta de cantos, luces y flores el día de mi ordenación sacerdotal; la comunidad con la que tantas veces he orado por hermanos que nos habían dejado, la comunidad con la que celebro cada domingo a Cristo resucitado.

Cada vez que alguien dice Iglesia, yo veo un sacramento que significa y realiza la unión íntima con Dios y la unidad de todo el género humano. Cada vez que alguien dice Iglesia, yo veo el pueblo que ha sido unido «por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

En la Iglesia que conozco, asamblea de hombres y mujeres que Dios ha llamado, no veo "a muchos intelectuales, ni a muchos poderosos, ni a muchos de buena fama; todo lo contrario: lo necio del mundo se lo escogió Dios para humillar a los sabios; y lo débil del mundo se lo escogió Dios para humillar a lo fuerte; y lo plebeyo del mundo, lo despreciado, se lo escogió Dios: lo que no existe, para anular a lo que existe, de modo que ningún mortal pueda engallarse ante Dios".

No sé si esta Iglesia a la que pertenezco es una comunidad de cobardes y traidores; sólo sé que existe porque Dios la ama, y que Cristo, no otros redentores, es para ella sabiduría, honradez, consagración y liberación.

Decididamente, vuestros juicios sobre la Iglesia me hieren y me duelen, pues, aunque su rostro se vea desfigurado por pecados míos y vuestros, sobre ese rostro resplandece siempre la luz de Cristo que lo ilumina con su justicia y su santidad".

jueves, 1 de julio de 2010

Curia Romana: sigue la reforma al estilo "benedictino"

Entre ayer y hoy se han producido en la Curia Romana una serie de cambios fruto de otros tantos nombramientos del Papa. Es evidente que la Curia -que no es la Iglesia ni lo más importante de ella-tiene una considerable importancia para que los católicos seamos "bien gobernados". Este lenguaje suele crear estupor en algunos puristas que parecen creer que la Iglesia es un ente etéreo, espiritual y casi extraterrestre que debería estar por encima de las bajezas que suponen los cargos y los nombramientos.
Curiosamente, voy viendo que esta visión tan poco realista y, en definitiva, tan angelista o angelical, la suelen compartir católicos de izquierda y de derecha, por utilizar el lenguaje al uso. Es verdad que luego, a la hora de la verdad, ambas tendencias extremas suelen estar obsesionadas por el acontecer de los nombramientos en cualquier nivel de la vida eclesial. Curiosa contradicción.
Pues bien, efectivamente los nombramientos de altos cargos acontecidos ayer y hoy son de extrema importancia. Me fijaré en el que va a ser nuevo responsables de las relaciones ecuménicas y con el judaísmo, Mons. Kurt Koch que llega a su nueva responsabilidad desde la diócesis de Basel (Suiza) donde ha sido obispo durante quince años más o menos.
Ya se han puesto en guardia contra él los inmovilistas sugiriendo antecedentes "progresistas" en el recién nombrado. Por lo visto, se refieren a que Mons. Koch en su día se mostró elogioso con el teólogo Hans Küng; ahora bien, tengo la impresión de que estos mismos se consuelan diciendo que el susodicho "parece" haber derivado a posiciones más conservadoras. De manera que, como vemos, el discurso de estos señores alcanza cotas de profundidad que nada tienen que envidiar a la de sus colegas del extremo contrario: para ambas tendencias la iglesia se divide en progres y carcas, siendo los buenos unos y los malos otros, dependiendo naturalmente de la respectiva alineación.
El obispo Koch ha realizado ya algunas declaraciones en una línea que me ha gustado mucho por ir al fondo de los asuntos y por dejar claro que esto del ecumenismo y de las relaciones con el judaísmo no es un juego coyuntural, un entretenimiento, o un brindis para la galería, sino un quehacer que nace de la entraña misma de la Iglesia; una consecuencia práctica, diríamos, operativa de lo que es su esencia.
Ofrezco algún pequeño apunte que he podido encontrar; no hace falta que diga que estoy plenamente de acuerdo con lo que afirma Koch. Aprecio especialmente de sus palabras el diagnóstico que hace sobre las intenciones últimas de BXVI que, de ser correcto, definiría mucho mejor que las simplezas de unos y otros la verdadera orientación de fondo de este pontificado:

“La acusación de que el Papa Benedicto quiere volver atrás respecto al Concilio Vaticano II está hoy difundida entre el público, por ignorancia o por una consciente intención de algunos teólogos que deberían saber cuál es la verdadera realidad, pero dicen en voz alta lo contrario. Estas acusaciones son una grave equivocación”. El obispo suizo explicó que el Papa no quiere de ninguna manera volver hacia atrás sino que busca hacer avanzar a la Iglesia en profundidad: no se trata de reformas individuales sino de que el centro de la fe y de la Iglesia pueda salir a la luz. El Pontífice “impulsa una nueva «reformatio» de la Iglesia desde dentro” y “esta preocupación del Papa debería ser también la de todos nosotros”.